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Domingo, 26 de marzo de 2006
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La paz es lujo caro
TANTO tiempo esperando una posibilidad real de paz y da la impresión de que se ha declarado la guerra. La banda terrorista ETA lanza un comunicado en el que nos dice que hace un alto el fuego permanente, y una buena parte de la sociedad política y mediática sale a la palestra con una cara de funeral, como si acabaran de recibir una mala noticia. Oigo más llamamientos al pesimismo que a la esperanza y eso no está bien, se necesita la ilusión para vivir -cosa curiosa, los países no pueden vivir sin ella, las personas, sí. Socialmente nos comportamos de una forma muy diferente a como lo hacemos cuando somos únicamente individuos. Solos podemos pasarnos la existencia en la desesperanza, pero como colectivo la necesitamos como el comer- y muchos se encargan de matárnosla apenas ha comenzado.

¿Será una mala noticia que los asesinos comuniquen su intención de dejar de matar? Yo llevo toda mi vida oyendo que ojalá se produjera y, cuando parece que ha llegado, salen los agoreros bajándome los humos, llamándome al orden, diciéndome que esto ya lo hemos vivido y resultó ser una trampa. Y no puedo quitarme de encima la irritante impresión de que, ciertamente, para muchos de ellos -para algunos políticos, para muchos voceros y periodistas cuyo estado natural parece ser el de excepción- es una mala noticia. Su gesto estaba más relajado antes del comunicado de ETA. Y también veo a algunos representantes de víctimas rechazar ardientemente esa tregua; les veo en los ojos la rabia que les produce.

Al final, todo se reduce a la intimidad, quiero decir que los grandes gestos de la historia están protagonizados por personas y no puedo dejar de pensar en estos momentos que los responsables de actuar, también de opinar, lo hacen impulsados por motivaciones personales. A los etarras ya no les merece la pena la vida que llevan: creo en eso más que en grandes motivaciones estratégicas. A otros les mueve el deseo de pasar a la Historia. A otros, la rabia de no pasar. A otros, la venganza, el sentimiento sobre el que han construido su vida. ¿Cuántas vidas cambian si ETA abandona la lucha? Que sean las que sean, pero, por Dios, que no haya más muertos.

Muchos no compartirán mi punto de vista, pero es que nunca creí en las grandes ideas, estuvieran o no equivocadas. La lucha por Euskadi me parece una gilipollez -saben que lo he dicho siempre-, una opción vital de gente equivocada que construye su destino a la sombra de la nada. Tampoco creo en quienes tienen a España en el altar de sus amores. Busca siempre la causa primera, aconsejaba Marco Aurelio. ¿Qué habrá detrás de las ideas de nación? ¿Qué cosa absurdamente humana?

Que se deje de matar por las ideas es una buena noticia, la mejor noticia. Ya veremos qué hay que pagar. Algo habrá que dar, no seamos excesivamente ingenuos. A lo mejor la moneda son las ideas, idea es nación, idea es muchas cosas. El hombre, no; toco al hombre y sé si está vivo o muerto, le veo reír y llorar. Nunca más un muerto por una estúpida idea, pero tampoco blindarlas hasta que sean rígidas, como están haciendo muchos que parecen encontrarse más a gusto en la tristeza, en el miedo. Es curioso, pero hay gente que construye su vida alrededor de esas cosas. Los etarras. Los fanáticos. Los que no saben reírse.

Confío en la gente. A lo mejor es la hora de ser generosos. La paz, la tranquilidad, la ausencia de miedo, las palabras sin puñales escondidos son cosas caras. Los lujos son caros. ¿No ven que la paz es cosa del mundo rico, del que puede pagarla? La gente de España es generosa, sabe olvidar. ¿No nos sentimos tan orgullosos de la Transición? La paz es cara. Y no necesariamente amiga de la justicia, de la verdad

Pero vamos a ver, esperemos. Hasta ahora, sobre este tema, al Gobierno no le he oído más que palabras sensatas. Me parecen más irrazonables esas otras voces que aseguran que esto se hunde, que Zapatero se ha entregado en manos de los terroristas, que ha pactado la independencia del País Vasco, que todo obedece a un diabólico plan ideado por las fuerzas malignas y disgregadoras. Ni en James Bond hay tales complots y tengo la ingenuidad de pensar que los gobernantes quieren lo mejor para aquellos a quienes gobiernan. En lo que no confío tanto es en su capacidad para gestionar asuntos delicados.

Vaya usted a saber si un día no nos tenemos que bajar del burro, si los malos no vuelven a las andadas y todo se queda en agua de borrajas. Puede ser, pero eso es la vida, alegrarnos cuando se nos cura una enfermedad aunque tengamos la casi certeza de que otra nos atacará. Los que no lo hacen así están siempre enfermos, siempre tristes, mala gente que apesta la tierra, que diría don Antonio.

Hoy estamos mejor que ayer, bendito sea Dios, y tenemos que poner todo nuestro esfuerzo para que siga así por mucho tiempo, permanentemente. Bien es cierto que, además, eso de la paz no es fácil. Para los políticos, quiero decir. También para otra gente, no solo para los terroristas, también para quienes han hecho, aunque no la practiquen, de la violencia su forma de vida. Y los políticos dan su verdadera talla en ausencia de violencia. Ya veremos, pero percibo nerviosismo. Ojalá estemos a la altura.



Vocento