Hoy es el día grande de Francisco Ayala. Cumple 100 años, y soplará por la noche 100 velas, en una cena que presidirán los Reyes y en una jornada en la que su mujer, la hispanista Carolyn Richmond, ha dicho que le mantendrá «tranquilo», pero descorcharán una botella de champán 'Ayala'.
«Yo no puedo hacer planes ni proyectos ni siquiera para la siguiente hora. Yo solo puedo entregarme para que hagan conmigo lo que quieran», dijo ayer Francisco Ayala ante un grupo de periodistas en la víspera de su cien cumpleaños, en un acto en el que estuvo acompañado, además de por su mujer, por el poeta y comisario de su centenario, Luis García Montero, y por el presidente de la Sociedad para Actos Culturales, José García Velasco.
Una cita que desarrolló para poder contestar a toda la prensa que estos días ha solicitado algunas palabras suyas, y en donde, una vez más, el escritor mantuvo su cordialidad, dando un repaso a algunos aspectos de su vida, en conversación con García Montero y Pepe García Velasco, y contestando a todas las preguntas, sin muestra de cansancio a los muchos periodistas que quisieron felicitar al escritor.
García Montero, que se ha convertido en la sombra de Ayala y de su mujer en estos últimos meses, comentó con humor que ayer Ayala le había dicho: «Mira que si por una mala follá granadina no llego, después de tanto cariño». Pero no, el escritor y académico, testigo de todo un siglo de historia, va a presenciar todos los actos que desde hoy se llevarán a cabo durante todo el año para festejar sus 100 años, un hecho único para un creador de la generación del 27.
Curiosidad y emoción
El escritor granadino comentó que se sentía abrumado por tanto cariño y porque le hicieran tantas fotografías. «Nunca hubiera soñado que me iban hacer tantas fotografías», dijo este hombre que sigue manteniendo intacta la curiosidad. «La gente llega a mi edad y pierde la curiosidad por todo y solo piensa en lo que le van a poner de comer. La curiosidad me ha dado muchas satisfacciones», recalcó este escritor que no deja de leer los periódicos, «con los ojos abiertos», cada día.
El escritor repasó su nacimiento en Granada, en 1906, en el seno de una familia granadina conocida, de trayectoria liberal. «Uno es y se siente de donde ha nacido y donde ha pasado su infancia y juventud. Y aunque pasé poco tiempo, yo me siento andaluz y granadino, de un modo definitivo y para siempre», dijo.
Ayala desmitificó el exilio como «algo terrible, porque la mayoría de los exiliados eran gente cualificada que subió de escalafón y no lo pasó mal». Habló de las ciudades por donde paseó su exilio, hasta que en 1976 se instalase en Madrid: Argentina, donde vio como los obreros, «a diferencia de los trabajadores españoles en aquella época», se comían en la calles a pie de obra un gran «bife» de novillo. De Puerto Rico, de Chicago y, sobre todo de Nueva York, donde el autor de 'El jardín de las delicias', vivió muchos años, y recordó cómo al principio le dio una impresión de «muerte» y cómo ahora, esta ciudad, donde nació su hija, donde viven sus nietas y bisnietas, se ha convertido en un lugar tan querido que «todo el dolor que ha pasado y las preocupaciones actuales son también mías». Dijo también que acepta la realidad como es, que no se engaña, que no cree en la inmortalidad del paraíso, y que la muerte la tiene tan presente desde niño que sabe que no hay que darle más vueltas: «Es una fatalidad que a todos nos afecta», recalcó. Recordó que acudía a las tertulias de Ortega con «sumo gusto», y que a pesar de su gran admiración artística por Ramón Gómez de la Serna, su persona no le era simpática y habló de la belleza y el amor como «los dos absolutos» para el creador.