ADMIRO a la gente tenaz, de verdad. Me quedo embobada ante esa gente que parece tener sus objetivos tan claros que no para hasta conseguirlos, ya sea un matrimonio, un título nobiliario o una presidencia de un consejo de administración. Es ese tipo de persona capaz de diseñar la estrategia adecuada, contar con los apoyos necesarios y poner de su parte toda la carne en el asador. Admiro a los que no escatiman esfuerzos para llegar a su meta, siempre que la meta sea noble y los esfuerzos tengan que ver con el sacrificio personal y no con el sacrificio ajeno (ya saben, hay quienes llegan pero dejan cadáveres en el camino).
Lo malo es que junto a la figura del tenaz emerge en estos tiempos revueltos la del pesado. La del plasta. La del insoportable, capaz de aburrir a las ovejas con sus demandas, pero sabedor de que acabará consiguiéndolas, precisamente por eso, por aburrimiento. Ese cuyas maneras son solo comparables al goteo en la estalactita ¿o era en la estalagmita? No sé, se me ha olvidado el sentido de la piedra.
Al principio puede que el pesado nos engañe. Que pase por un entusiasta, por un abnegado, incluso, si me apuran, puede parecer un idealista. Un sacrificado por la causa. Pero a medida que pasa el tiempo y tarda en conseguir su objetivo, entonces empieza a asomar su verdadera faz. Se le empiezan a ver las trazas cuando todo alrededor evoluciona menos su mensaje. Cuando se suceden los días y las noches, las estaciones, los flujos migratorios de las aves, los cursos académicos... y él (o ella) ahí sigue, erre que erre, como si nada de lo que ocurre alrededor fuera con su persona.
Seguro que antes de ser lo que son fueron adolescentes que consiguieron la moto a fuerza de insistir. «¿Papá, comprame la moto!» sería su mensaje nada más amanecer el día. «¿Mamá, quiero la moto!» sería su última frase antes de que les venciera el sueño. Y, entre medias, una larga jornada para ir repitiendo la idea sin piedad y sin despeinarse, viendo cómo los sacrificados padres tendían a quedarse agotados y sin argumentos.
A lo mejor eran publicistas en potencia. Capaces, de mayores, de acuñar frases de éxito. Algo así como 'Beba Coca-Cola', y ya se sabe cómo le ha ido al refresco en el panorama económico internacional.
O eran visitadores de despachos, que es una ocupación que requiere entrenamiento, paciencia y dosis extraordinarias de inconsciencia que es lo mejor para que te resbalen las primeras y las segundas negativas.
Tengo para mí hechas algunas quinielas de hasta dónde van a llegar algunos ejemplares de esta especie que conozco y cuya trayectoria vengo siguiendo de un tiempo a esta parte. Les auguro un futuro prometedor.
Si estuviera en mi mano -que apenas lo está- y si no fuera tan importante lo que piden algunos -que es trascendente al máximo- yo se lo daría con gusto solo por el placer de que nos dejaran en paz. ¿Vaya brasa!