LOS trabajadores del museo de cera de Salzburgo, por supuesto dedicado a Mozart, no daban crédito cuando una mañana del pasado otoño, al entrar en la Gran Sala, encontraron la réplica del famoso compositor sin su correspondiente mollera. Un misterioso ladrón, arropado por la oscuridad de la noche, desatornilló la cabeza, peluca incluida, de la estatua del músico, escapando con tan extravagante botín por una salida de emergencia. La cabeza está valorada en unos 15.000 euros, y eso que esta no piensa. El propietario del museo, Haytem Al Qazzam, muy disgustado, ha prometido que no emprenderá acciones judiciales si el secuestrador devuelve el fetiche. Y no crean que la afición por el cráneo de Mozart es nueva, qué va. Cuenta el escritor José Carlos Llop, que en el siglo XIX se exponía en Viena un cráneo en uno de cuyos parietales alguien había grabado una palabra, «Mozart». Los vieneses, por si acaso, lo cuidaban con esmero y lo llenaban de flores. Este también fue robado, y mucho tiempo después reapareció en San Petersburgo. Tras llevar a cabo un detenido examen, antropólogos y médicos dictaminaron que en realidad aquel era el cráneo de un orangután muerto a finales del siglo XVIII, siendo este, afortunadamente para todos, el único rasgo en el que el primate coincidía estrictamente con el compositor. También este año, para completar las celebraciones mozartianas en curso, estrenamos, nunca mejor dicho, quebradero de cabeza. La ORF, la radiotelevisión pública austriaca, ha financiado la realización de un documental titulado 'Mozart, la búsqueda de vestigios', que tiene un único protagonista: el cráneo cuidadosamente envuelto en una bandera austriaca y custodiado desde 1902 en una vitrina de la Fundación Mozarteum en Salzburgo. La idea es demostrar, de una vez por todas, si dicho cráneo sirvió realmente como cobijo a las portentosas neuronas del maestro. Como en un capítulo de la serie CSI, la identificación se ha basado en el análisis de muestras de ADN mitocondrial, y como es necesario cotejar los resultados con alguna referencia familiar, se han profanado y mutilado los cadáveres de Euphrosina Pertl, abuela materna del compositor, y de Jeanette Berchtold, su sobrina, que a lo mejor en su día creyeron que iban a descansar eternamente y enteras en su panteón de Salzburgo. Ingenuas, no estaban al tanto de los dividendos que generan las operaciones publicitarias que se diseñan con el cebo 'Mozart', una de las cincuenta marcas comerciales más difundidas del mundo. Este año, la campaña «Mozart conquista el frigorífico», que promociona cervezas, yogures, salchichas y albóndigas, se calcula que obtendrá unos beneficios que rozarán los treinta millones de euros. Ante estas cifras, ¿a quién le importa remover un poco unos cadáveres para montar una hábil operación comercial? No hay límites con tal de aflojar unos euros del bolsillo de los consumidores, los negocios son los negocios. Una vez reconocidas estas ventajas, y para dar la campanada en el cumpleaños del músico, Austria se ha convertido en el paraíso de la necrofilia, y ha celebrado una entrañable reunión familiar con la supuesta calavera de Mozart, el fémur de su abuela, una falange de la sobrina, y dos pelos de un mechón del compositor que también guarda celosamente el Mozarteum.
La información genética aportada por los laboratorios del Instituto de Medicina Forense de Innsbruck, y confirmados por el Laboratorio Central de las Fuerzas Armadas norteamericanas en Rockville, es fascinante. El forense Walther Parson, obligado bajo juramento a guardar el secreto hasta la emisión del esperado programa el pasado 8 de enero, declaró tan tranquilo que de los análisis se extraen varias conclusiones definitivas: que no existe ningún parentesco entre la calavera y las mujeres de la familia Mozart, ni entre la calavera y el mechón de pelo, ni entre el mechón de pelo y las presuntas parientes, que ni siquiera los dos pelos del mechón analizados son del mismo ser humano, y lo que es más intrigante, tampoco hay ninguna relación entre las dos mujeres que estaban inhumadas en el panteón. Pero, y entonces, ¿quién es toda esa gente? ¿Qué tienen que ver con el maestro? ¿Por qué se exponen impúdicamente el magro muslo, los apolillados pelos, los podridos dientes, y la monda calavera, de unos desconocidos? Misterio. Puede que los genetistas rastreen un hipotético cromosoma de la poesía. Quizá el hombre del siglo XXI, pese a vivir en una sociedad seducida por todo aquello que se presenta con apariencia científica, siga necesitando creer en reliquias. A lo mejor la conservadora Austria, con ese pringoso catolicismo que en su día pateó con rabia el culo de Mozart, busca en esos míseros despojos atribuidos a su cadáver el poder taumatúrgico que otorgaron nuestros bisabuelos a la oreja de San Pedro, a los sesenta dedos conservados de San Juan Bautista, (¿qué extraordinario pianista hubiese sido!), como si a fuerza de fe, estas modernas reliquias pudieran contagiar su don, si lo tuvieran. El problema es que todas las reliquias son falsas, todas son amuletos de cera, como el busto de Mozart, como su mechón de pelo, como el estornudo del Espíritu Santo y las plumas del Arcángel San Gabriel. Son objetos que tienen mucho más que ver con el vudú, que con la cultura o la ciencia. Sin embargo, tenemos que reconocer que sirven a unos creyentes que practican con fervor una nueva fe, la que no discute jamás el poder de las monedas y los turistas. Observando la falsa calavera, con su materialidad anónima y fría, sin significado ya, recuerdo las palabras de Hamlet: «Esa calavera tenía lengua, y podía en otro tiempo cantar ¿cómo la tira al suelo ese bribón, como si fuera la quijada con que Caín cometió el primer asesinato¿». Sí, seguramente el verdadero cráneo de Mozart también anda rodando por el suelo, sucio, descarnado y vacío, ¿y qué más da? La lengua de Mozart sigue cantando, y de qué manera. Ahí está el milagro.