Una estructura compleja, con una serie de telones que sirven para marcar espacios. Una magnífica partitura musical, desde Brel hasta boleros y una composición japonesa accidentalizada. Un extraordinario vestuario, siempre desde lo irrisorio y grotesco. Unos objetos, goteros con suero, que acentúan el carácter patético de estos personajes que danzan y gesticulan. Las imágenes creadas tienen impacto, sobre todo la inicial de las cabezas, y aquellas en las cuales los cinco personajes aparecen en una sola figura. El mundo que presenta Marta Carrasco es el del absurdo, triste incluso en su aparente alegría, una metáfora de nuestro tiempo.
En el conjunto del brillante espectáculo hay puntos menos convincentes. El personaje que conduce la escena no está logrado, y crea tiempos muertos. Existe muy poca danza, lo que en una gran profesional como Marta Carrasco, resulta un tanto extraño, y la línea global de la emoción no siempre acude a la cita. Gran labor de los intérpretes y largos aplausos del público.Excelente espectáculo. El texto, muy brillante, une teatro del absurdo, realismo fantástico e ironía. El vocabulario de Vargas es extenso y oscila entre lo realista y lo poético. Una situación clave, dos prisioneros políticos que, cada domingo, intentan salir de ese encierro inmisericorde, improvisando sobre Don Quijote y Sancho. Este autor y Kafka son los motores de la acción, que pasa por escenas de diversa índole, hasta ese final en el que la prisión se impone de forma decisiva.
En un espacio vacío, dos sillas y tres mesas con ruedas que se desplazan continuamente, en un juego simbólico y lleno de inventiva. La base son los dos actores, espléndidos en sus personajes reales y en los juegos. El grupo Malayerba tiene muchos años de existencia y su veteranía, en este caso, es un grado. El público les premió con calurosos aplausos.