Su teléfono no cesa de sonar durante la entrevista y eso sirve para recordar al entrevistador que no está hablando únicamente con un escritor, sino con una de las personas más requeridas del país. Se dice que Juan Cruz conoce a más de ciento cincuenta mil personas, sus nombres y apellidos junto con su ocupación. Su currículo es, efectivamente, largo. Ejerce el periodismo desde los 17 años. Fue miembro fundador del diario 'El País' y director de la editorial Alfaguara durante siete años. En 1972 obtuvo el Premio Benito Pérez Armas por su novela 'Crónica de la nada hecha pedazos'; en 1988 fue Premio Azorín con 'El sueño de Oslo' y en el año 2000 le concedieron el Premio Canarias de Literatura.
Su último libro es 'Retrato de un hombre desnudo', las memorias vitales de un hombre que se acerca a los sesenta años y echa la vista atrás, hacia el camino recorrido, y descubre que hay más pérdidas de las presentidas. Sin pudores, sin engaños, desprovisto de la ingenuidad de la juventud, Cruz muestra una vida literaria que el tiempo va dilapidando como dilapida todas las vidas.
-Suele asociarse la falta de pudor a la juventud, aunque yo más bien creo que es al contrario. ¿No le da vergüenza mostrarse desnudo?
-Pasa en la vida cotidiana, vas a los hospitales y los que menos pudor tienen son los viejos. Las personas mayores no tienen pudor, consideran que una parte de su historia termina con el cuerpo, ese equipaje provisional que da unas prestaciones que caducan. Y con respecto a los recuerdos, si uno no los considera como parte de una experiencia que se pueda contar, o para liberarse de ellos o para entenderlos, uno no ha avanzado nada en el conocimiento de sí mismo.
-¿Este libro es el de un hombre que se va haciendo viejo?
-Es el libro de un hombre que alguna vez pensó que todo era bueno, que creyó en la bondad, en la nobleza, el amor, la amistad No creí que la mezquindad tuviera lugar, de hecho no la tenía durante gran parte de la vida
-Todos símbolos de juventud.
-Sí. La juventud me duró mucho tiempo, como hasta los 50 años, más o menos. Tuve un periodo de juventud exacerbada cuando fui editor, desde los 43 hasta los 50 años, más o menos. Llevé una vida realmente desenfrenada.
-¿Otorga juventud el trato con los escritores?
-Otorga una enseñanza: que hay que huir de la vanidad como alma que lleva el diablo. La vanidad es la madre de todo lo malo.
-Y, sin embargo, sus memorias están llenas de gente famosa.
-Sí. Y es algo que no me he llegado a reprochar porque he vivido con mucha intensidad todas las vidas en las que he estado. He sido periodista y me he volcado Recuerdo perfectamente la primera entrevista que hice: Julio Caro Baroja. Me recuerdo en momentos muy íntimos con Cela, con Benet, con García Hortelano. Recuerdo que llevé a mear a Borges. He vivido todo eso con mucha intensidad y ha sido mi vida.
-¿Y de dónde procede tanta nostalgia como respiran sus libros? Una vida tan aparentemente plena y tan llena de melancolía.
-Soy un personaje que se siente limitado por el tiempo. Cuando muere mi madre, me doy cuenta de que la eternidad que te da la juventud se acaba. Como dice Ángel González, hablando de otras cosas, se te adelgaza el futuro. Esa sensación ha marcado mi vida. Cada vez que estoy disfrutando de algo, siento a mi lado al tiempo diciéndome cómo debo tomarme esa felicidad, de qué manera tengo que ser consciente de que todo se está acabando. Un poeta argentino, Dávalos, escribió estos versos mientras se estaba muriendo: 'Se me está haciendo la noche en mitad de la tarde/ no quiero volverme sombra/ quiero ser luz y quedarme'. Y Neruda escribió 'La Oda a las Cosas Rotas', las cosas que nadie rompe pero se rompieron. Todo eso me ha hecho.
-¿Hablamos de la muerte o de más cosas?
-Eso concluye en la muerte, en el final.
-En el fracaso.
-Es que la vida conduce al fracaso.
-Hagamos lo que hagamos, todo está perdido.
-La vida es como una película que acaba mal. La única vida que no termina es la del mar.
-El mar de los orígenes canarios. ¿Es creíble la imagen que da de sí mismo en los libros?
-Quizá lo sea.Toda escritura es una reelaboración de la realidad. No concibo una escritura que refleje de manera exacta lo que ha ocurrido, ni en periodismo ni en novela. Ni siquiera los sueños se pueden contar.