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Lunes, 13 de marzo de 2006
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América, América
HAN pasado exactamente cinco meses desde que se celebró la Cumbre Iberoamericana en Salamanca. Por aquellos días, a los mandatarios de la Junta y del Ayuntamiento salmantino se les llenó la boca -y de qué modo más huero- de América-América-América. Pe-ro la realidad siempre termina desenmascarando la vaciedad. Y ahora resulta que la que quizá es la tarea más efectiva conocida, desde el punto de vista académico, para la relación efectiva con Iberoamérica tiene que entrar en competición , ni más ni menos que con un proyecto de museo del traje charro. Ya se las trae el asunto, ya.

Al Instituto de Iberoamérica y Portugal que funciona en la Universidad de Salamanca lo van a desalojar de su sede de la Torre de Abrantes, y la provisionalidad de asiento que se advierte, a causa de tal desalojo, puede suponer una estocada. Por ese motivo, 519 intelectuales y profesores de todo el mundo han firmado un manifiesto en el que se proclama la preocupación por el futuro y se demanda a instituciones académicas y políticas que provean la infraestructura y recursos precisos para la dignidad de las funciones, tras poner de relieve la destacada contribución de ese Instituto en el ámbito de la docencia y la investigación. El manifiesto, que ha sido presentado en Madrid y Salamanca, se ha planteado no con el ruido político habitual, sino con tono y sentido académicos, con sosiego y razonamientos.

¿Cómo se ha llegado al desalojo? Desde luego, este y su contexto es bastante más importante en su valor y significado que todo el folclore montado en torno al Archivo de la Guerra Civil: sus repercusiones de todo tipo -tanto académicas como económicas, y no digamos de tipo político y proyección internacional- son notablemente superiores. Pero aquí no pasa nada. Es decir, que es asunto que no presta rentabilidad partidaria y, además, el conflicto está inducido desde quienes sí están ya habituados a montar la zapatiesta en la que esta comunidad autónoma ha dilapidado tiempo, recursos y sentido común a raudales. Pero aquí no pasa nada si el alcalde de Salamanca se encapricha de la Torre de Abrantes, edificio que el propio Ayuntamiento y la Diputación Provincial cedieron por convenio a la Universidad de Salamanca por un periodo todavía no cumplido. Pero los caprichos son los caprichos, porque al alcalde la Torre de Abrantes le ha parecido el lugar de sus sueños para montar un museo del traje charro. El capricho con los refajos de las charras y las 'medias vacas' de los charros fue motivo para que el alcalde plantara cara y cazara al rector con otros problemas universitarios. Y el rector firmó. Firmó la devolución de Abrantes antes de tiempo. Porque el gusto charro se impone al gusto iberoamericano. Porque los 'escuchapedos' (ojo: pieza bien conocida del taje charruno) tienen que llegar a la Torre de Abrantes frente a la permanencia de la investigación y la docencia sobre Iberoamérica.

La temperatura moral e intelectual -o simplemente el tono reflexivo- de esta tierra debe de andar muy baja cuando se permite que ocurran situaciones de este tipo. No es caricatura: un centro de investigación va a ser arrasado por lo que se denominará Museo del Traje Charro. Esa es la situación: la universalidad barrenada por la charrería. ¿Viva Salamanca, que es mi pueblo!



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