EL objetivo último del actual Gobierno de la nación es proclamar en España la tercera República, que Rodríguez Zapatero entre en la historia como el presidente que logró tal hazaña, y hacerlo todo en el menor tiempo posible. Para este meteórico fin todo vale, todo tiene un precio. Los estatutos de los nacionalismos son cuestión de meses; la reforma de la Constitución, tal vez un par de semestres, y el nuevo modelo de Estado quizá se demore unos añitos, pero los justos.
Para este magno plan -muy meditado y medido-, el socialismo cuenta con el beneplácito de más del 50% de la población, que compra a ojos ciegos todo lo que el Gobierno le ofrece, como si la sociedad viviera en un perpetua noche hechizo de luna. Zapatero, instalado en un permanente estado de gracia como genuino Mesías de la modernidad, legisla desaforadamente avanzadas leyes para minorías, sin consultar a la sociedad (la democracia real), y sin consenso político, salvo el de sus socios minoritarios.
El truco es sencillo, pero efectivo. La sociedad escucha mejor el discurso de la modernidad, todo aquello relacionado con los problemas actuales, que la vieja salmodia de los predicadores de valores eternos, profetas del Apocalipsis e ideólogos de la moralina y del imperio. Es mucho más atractivo hablar de células madre, progenitores, relativismo laicista y treguas terroristas, que de familias a la antigua usanza, con sus padres y madres (por cierto, la palabra progenitor viene del término latino 'genitum', que significa 'procrear', alguien debería informar a Justicia), o hablar de posturas cerradas de la Iglesia católica, o incluso de no ponerle ningún precio a la paz terrorista. Con la inestimable ayuda del PP, por su encastillamiento social y su endogamia interna la guerra augura un triunfador al que la oposición se lo pone fácil.
La pasada convención de los populares en Madrid fue una escenificación que recuerda a las fiestas de algunos capos de la mafia en los años treinta. El líder homenajeaba a uno de los suyos y al final del ágape, tras los discursos laudatorios, aparecían las ametralladoras. La convención de Madrid, urdida aparentemente para coronar a Rajoy como nuevo paladín del centrismo reformador del PP, acabó firmando el acta de defunción del presidente y con ella las ilusiones de buena parte del cuerpo militante del partido (no los burócratas de la calle Génova, sino los soñadores de la periferia). Aznar y su núcleo duro (Acebes, Zaplana y demás estructura jerárquica) recuperaron el centro de la escena y la Faes devolvió al partido, con su tutelaje, a la derecha más nostálgica y claustrofóbica. Un golpe maestro. Mientras tanto, el druida Zapatero viajaba a Castilla y León, buque insignia del PP, y en Valladolid (en ausencia del Gobierno regional, todos estaban en Madrid) neutralizaba la convención con una simple frase de laboratorio.
El PP de Aznar insiste en el terrorismo como principal estrategia de ataque al Ejecutivo, en tanto las encuestas insisten en que ese (con toda su gravedad) es hoy para los ciudadanos el quinto problema en orden de importancia. El Gobierno socialista provoca al PP porque sabe que tarde o temprano firmará una tregua con ETA, que durará el tiempo suficiente para convocar elecciones generales. Una vez ganadas, no será crucial que la tregua (previsiblemente) sea traicionada, como será. El Gobierno emprenderá de nuevo con nuevos bríos la lucha antiterrorista. Es sabido que los ciudadanos siempre han apoyado la política antiterrorista de los diferentes gobiernos.