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Jueves, 9 de marzo de 2006
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Conservar, no destruir
PARECE evidente que la sociedad de nuestra época ha tomado conciencia del valor del patrimonio histórico, por ello resulta tan desconcertante tener que salir en defensa de un bien patrimonial tan destacado como la Catedral de Valladolid, a la que se pretende mutilar desmantelando y desfigurando su atrio como parte de la transformación urbanística proyectada para construir un aparcamiento en la plaza de Portugalete. Para justificarla se alegan muy diversas razones, desde teológicas hasta cívicas. Se me ocurren otras muchas para explicar la oposición a la que considero una actuación, además de innecesaria, profundamente lesiva para nuestro patrimonio arquitectónico.

La primera -y seguramente la fundamental- es de orden histórico. Hacia 1580, a punto de concluirse el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, su arquitecto, el gran Juan de Herrera, diseñó un monumental templo, distinto pero comparable a aquél, destinado a desarrollar y, en cierto modo, a perfeccionar su personal concepto de la arquitectura. Lamentablemente, dificultades económicas, problemas de cimentación derivados de la singular topografía de su emplazamiento y los propios avatares del gusto artístico rebajarían el grandioso proyecto hasta convertirlo en la iglesia inacabada que hoy existe. En consecuencia, la catedral actual no es, en buena parte, la que diseñó Herrera, pero sí la que el paso del tiempo ha ido fraguando.

Abierta al culto en 1668 -ante la evidencia de que su edificio no podría concluirse inmediatamente-, reducida a la mitad de la extensión prevista y habiéndose levantado solo el cuerpo inferior de su fachada, sería sesenta años después, en 1729, cuando, repuestas en algo las arcas catedralicias, se acometería la construcción del segundo. Pudo haberse seguido entonces el proyecto de Herrera pero -con criterio que quizá hoy podría ser discutible- se confió su diseño a uno de los mejores arquitectos del momento, Alberto de Churriguera, responsable de la traza de la Plaza Mayor de Salamanca, quien actuó de acuerdo con la estética barroca si bien manteniendo un cierto respeto a la obra herreriana. En octubre de 1733, el Cabildo se dio por enterado de «hallarse concluida la portada y atrio», entendidos como una obra de conjunto. En el plano de Ventura Seco (1738), el primero de los que se conservan de la ciudad y, como tal, documento precioso para certificar nuestro pasado monumental, el atrio aparece claramente reflejado.

Desde el punto de vista arquitectónico, el atrio es un elemento que se inserta en la tradición occidental desde el mundo romano y cuya presencia dignifica, realza y destaca edificios relevantes, tanto civiles como religiosos; fue, y todavía es simbólicamente, lugar de acogida y refugio. El atrio de Valladolid cuenta con precedentes singulares: desde luego la propia lonja de El Escorial y -más próximo en lo geográfico, cronológico y formal- el de la iglesia de Santa Cruz, en Medina de Rioseco, notable edificio clasicista, que muy bien pudo tener en cuenta Churriguera. Incluso, ¿qué otra cosa es la monumental columnata del Bernini (1657) sino el gran atrio del nuevo San Pedro, evocador de los brazos protectores de la Iglesia?

Considerando sus aspectos puramente formales, nuestro atrio contribuye a definir estética y visualmente las dimensiones del templo, delimitando la altura real de su edificio respecto del muro que lo soporta por la zona de Portugalete. Concebido como un espolón elevado sobre el desnivel generado por el cauce del brazo norte del Esgueva, a modo de balcón o mirador, responde a una solución muy arraigada en la ciudad desde comienzos del siglo XVII, cuando se traza el Espolón Viejo, atalaya sobre el Pisuerga y la desembocadura de la Esgueva sur, y que se repetirá en el XVIII con la construcción del Espolón Nuevo, el paseo del Valladolid ilustrado, fachada de la ciudad en las Moreras. Parece asimismo evidente que la supresión del atrio alteraría profundamente la simetría de la fachada catedralicia, dejando a un nivel inferior el cuerpo bajo de la torre del evangelio y rompiendo la axialidad del ingreso al templo.

No puede obviarse tampoco el daño arqueológico que supondría la eliminación de las antiguas cimentaciones de la tercera colegiata y los elementos de arquitectura hidraulica, existentes ambos bajo el atrio. Finalmente, es gratuito interpretar unos imprecisos trazos presentes en un plano como una escalera definida pero, en todo caso, sus reducidas dimensiones nada tendrían que ver con la ahora proyectada.

Por si todo lo antedicho no fuera suficiente, la última y definitiva razón es de orden legal. Los criterios para la defensa y conservación del monumento se apoyan en una precisa legislación. La Ley del Patrimonio Histórico Español y la más reciente Ley del Patrimonio Cultural de Castilla y León determinan taxativamente la necesidad de mantener en su integridad cualquier edificio catalogado como bien de interés cultural (BIC). La primera de ellas, en su artículo 39, ordena respetar «las aportaciones de todas las épocas existentes» siempre que se restaure -aquí ni siquiera de trata de eso- un edificio de esta categoría; el artículo 38 de la legislación comunitaria insiste en los mismos criterios de respeto a la memoria histórica y conservación de las características volumétricas y espaciales de edificio.

El atrio de la Catedral no solo debe conservarse, sino restaurarse, adecentando el pavimento, facilitando mediante alguna estructura móvil el acceso por los escalones centrales y reintegrando cualquier elemento arquitectónico perdido. Esto y la limpieza de la fachada del templo que mira hacia Portugalete harán que todos apreciemos más nuestra inacabada pero magnífica catedral.

Siendo realistas, si no podemos culminar la obra de la catedral, no la empobrezcamos. Es lo mejor que podemos hacer por nuestro patrimonio.



Vocento