SE dice que para un hombre público quedar bien ante la gente es tan importante como pueda serlo, para una mujer pública, quedar bien en privado. Lo que sucede es que los primeros están sometidos a una vigilancia mucho más estrecha. En tal grado que no solo abarca a ellos, sino a sus mujeres, a sus hijos y a los que en las esquelas suelen denominarse como «demás parientes». A Kofi Annan le ha perjudicado últimamente la conducta de su primogénito y, para no salirnos de nuestro zarandeado territorio nacional, no hace tantos años le perjudicó a Alfonso Guerra, el comportamiento de su hermano, aquel influyente señor que pasó de vender Biblias en pasta por las casas a esconder las Biblias y a quedarse con la pasta. ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano? Pudo decir el ex vicepresidente del Gobierno aquel. ¿Acaso soy yo la guardiana de mi marido? Puede decir ahora la ministra británica de Cultura, Tessa Jowell, que se ha separado de su esposo para salvar su carrera política. Su cónyuge está acusado de recibir un soborno de Berlusconi y ella ha sacrificado su matrimonio, en vez de sacrificar su cargo que es lo que le pesaba menos.
En opinión de don José Ortega y Gasset, el mando debe ser siempre un anexo de la ejemplaridad. Es la única forma de hacérselo perdonar, ya que a los mandados nos complace saber que quienes dan órdenes trabajan mucho y no ganan demasiado dinero. De ahí que el gremio de los políticos sea el más minuciosamente observado en todos los países libres, que son los que permiten que se les observe. Tanto los periodistas como los que militan en partidos rivales tienen una lupa, aunque no tan potente como la de sus correligionarios. Algunos la empuñan al revés. Por el cristal. Es la única forma de ver la rectitud en el mango.