Fueron 180 minutos de gala más otros 30 de pausas publicitarias para un total de tres horas y media de retransmisión. La entrega de premios de la 78 edición de los Oscar no pasará a la historia de la tele y si lo hace, será como ejemplo de precisión y de un pelín de sosería. Presentada por el judío Jon Stewart (algo así como Buenafuente o Eva Hache), responsable de 'The Daily Show', un informativo de humor en TV por cable, la fiesta del cine de Hollywood podría haber sido producida en el Valle de Joux, la cuna de las mejores manufacturas relojeras suizas. Solo los actores galardonados y sus egos superaron el tiempo para sus discursos, cómo no, pero a un coguionista de 'Crash', Bobby Moresco, le dejaron con la palabra en la boca cuando quiso agradecer el Oscar. Nadie más se salió del guión, a excepción de Dustin Hoffman, que no pudo reprimir un guiño a los no premiados, «lo habéis hecho muy bien», consciente de que no le iba a salir gratis. «No me volverán a invitar».
Para quien no la pudiera ver, incluso para quien sí pudiera: sumen los Goya a los Oscar y en la media aritmética encontrarán la gala perfecta, esa que permite espontaneidad con momentos inolvidables (emociones, ocurrencias, meteduras de pata), sin perder de vista un guión que evite excesos, desviación horaria y huida de audiencia.
Pese a todo, hubo momentos. El vídeo con fragmentos de westerns con situaciones equívocas fue delirante. Diálogos que descontextualizados parecen escenas de amor, cara a cara entre Charlton Heston semidesnudo y Gregory Peck, incómodo en 'Horizontes de grandeza', codo a codo de Alan Ladd y Van Heflin en 'Shane' ('Raíces profundas'). Todo en honor a 'Brokeback Mountain', la que parecía llamada a ser la sensación de la noche.
Contenido pero hondo fue también el homenaje al cine negro, con Lauren Bacall proyectando su voz rota en recuerdo a Wells, Hawks, Preminger, Houston, Wilder para dar paso a un vídeo lleno de caídas de ojos, mujeres fatales, besos, pitillos, bofetadas, tiros y mucha tensión sensual jamás resuelta. Y uno a uno, Peter Lorre, la Bacall, la Crawford, el Bogart, Edward G. Robinson, Dana Andrews, Rita Hayworth.
Tampoco faltó el punto de horterez, como la puesta en escena de la actuación de Kathleen Bird York, que defendió su canción con un decorado en llamas, anticipo seguro de una falla infantil de bajo coste. Alguien lo debió de ver claro de antemano porque esta interpretación había sido presentada por Jennifer López, que con la mexicana Salma Hayek sumaba la exigua presencia latina, hasta que subió a recoger su premio por la banda sonora de 'Brokeback ' el músico argentino Gustavo Santaolalla. «Para todos los latinos, muchas gracias», dijo en español.
El más fiel a sí mismo, Robert Altman. «Tengo mucho que decir si me dejan hablar», espetó al público el cascarrabias autor de 'Mash', de 81 años, cuando los aplausos cumplían un minuto.
De Jon Stewart, el debutante presentador, se esperaba algo más. No que imitase a Animalario en los Goya del 2003, pero es que ni hizo referencia a Bush (sí al vicepresidente Dick Cheney, jugando con su puntería y con aquel traje de cisne de la cantante Björk). Jugó con el papel de transexual de Felicity Huffman en 'Transamerica' («Señoras, señores, Felicity ») y arremetió contra la piratería («No les roben, pobres, no tienen ni para la tela de los vestidos»). Y sí, hizo chiste de vaqueros, pero de la prenda con la que combinó la chaqueta del esmokin un enorme guionista responsable de la adaptación de 'Brokeback '.