Quién le iba a decir a Robert Altman que el mismo Hollywood que retrató en 'The Player' iba a concederle el Oscar de honor. Aquella sarcástica pintura de la deshonestidad y ambición de una industria pueril, venal, ruin y riquísima bastaría para recompensar con la estatuilla a un cineasta insobornable y a contracorriente, que no podía haber elegido mejor edición para pronunciar su discurso. Habría que remontarse a los años setenta para encontrar películas de tan marcado carácter político, reflejo del descontento social en Estados Unidos.