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Miércoles, 1 de marzo de 2006
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Apenas diez aficionados, ocho guardias civiles, tres guardias de seguridad privados y una docena de periodistas esperaron la llegada de la selección española al hotel Arzuaga, en Quintanilla de Onésimo. Un retiro dorado de cinco estrellas al estilo del que ha utilizado en otras ocasiones el Real Madrid, y que cumplió palmo a palmo el ritual habitual de la selección española. Desembarco rápido, esta vez con una firma de autógrafos más generosa que las de anteriores visitas del Real Madrid, por ejemplo, rueda de prensa multitudinaria y a comer.

La visita de la selección no fue un ejemplo de mercadotecnia, precisamente. El contacto con los aficionados se redujo a los escasos segundos que tardaron en entrar por la puerta lateral del hotel, y al tramo por el que Luis Aragonés, Iker Casillas, Cesc Fábregas y Marcos Senna accedieron a la sala de prensa desde el bar-vestíbulo del establecimiento.

Por la tarde, en el José Zorrilla, más de lo mismo. Quienes esperaban al autobús de la selección española solo pudieron hacer fotos a través de las ventanillas o disparar a ciegas hacia los chándals que atravesaban a toda prisa el corto pasillo que les separaba del estadio. Iker Casillas y Míchel Salgado sí se detuvieron unos instantes para complacer las peticiones de autógrafos de los chavales.

Quien es consciente de que el espectáculo es él es Didier Drogba. El ariete del Chelsea no dudó en despedirse con la mano de los aficionados que acudieron a ver el entrenamiento vespertino al José Zorrilla, igual que hiciera el día antes desde el autobús en Mojados.



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