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Miércoles, 1 de marzo de 2006
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Perspectivas del atrio
LA polémica con el atrio de la Catedral tensa de nuevo el entendimiento entre políticos y estudiosos. El Ayuntamiento, que esperaba el aplauso unánime con la rehabilitación, se ha encontrado con el reproche de los académicos de Bellas Artes. Una crítica fundamentada en argumentos diversos que han convencido ya al departamento de Historia del Arte, los grupos de la oposición y particulares que firman o manifiestan su rechazo (todos ellos ignorantes y oportunistas despistados según García de Coca), pero no a los enfadados responsables del proyecto. Como dijo Ortega: «El trabajo del intelectual no es halagar, sino rectificar; buscar la verdad y decirla, aunque -advirtió- con ello lo despedacen». Es un riesgo de la profesión desde antiguo: Platón, como consejero de Dionisio el viejo, fue vendido como esclavo. Y Séneca, en Roma, condenado a muerte por Calígula y obligado a suicidarse por Nerón. Una consecuencia que se asume también en temas más domésticos, como este de la sustitución del atrio, a otra escala: el menosprecio. El estudioso, con el sentido de la humildad que le ha impuesto nuestro tiempo, clama en el desierto, como reconoció resignado el presidente de la Academia de Bellas Artes, Joaquín Díaz, tras la polémica: «La mayor parte de nuestras propuestas no se tienen en cuenta». Su labor es la del erudito recluido y, muchas veces, convidado de piedra en asuntos públicos. Porque ese trabajo por el que son homenajeados se considera inútil más allá de su ámbito académico.

En diciembre entraron las máquinas en Portugalete para que en poco más de un año el aparcamiento y la peatonalización del entorno de la Catedral puedan ser inaugurados. El Alcalde lo calificó como uno de los proyectos más importantes de su mandato. Por fin, y después de muchos años anunciándolo, comenzaba la operación de rescate a la Catedral. El proyecto de Elesio Gatón, una operación urbanística con garaje incluido en el que la intervención en el monumento es un juego de malabares con hipótesis a partir de nueve líneas horizontales, prometía recuperar las trazas de Herrera y acabar con los desaciertos que se le fueron incorporando: aunque en realidad solo se ocupará del atrio. Las infografías de la Catedral limpia y su entorno peatonal lleno de escalones gustaron a casi todos, que en un principio no valoramos la intervención en la fachada. Se entendió como la superación, por fin, de ese sentimiento de inferioridad que la mantiene oculta entre edificios (como la casa del Cabildo) y hiedra. Pero la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción torció la boca y frente al entusiasmo de muchos se echó las manos a la cabeza: sustituir el atrio de Churriguera por unas escaleras que no son las de Herrera, sino las de Gatón, es para sus miembros una mutilación inaceptable del templo.

Al Alcalde y al concejal de Urbanismo no les ha gustado nada la intromisión. Muchos años de trabajo para sacar adelante el proyecto y un grupo de eruditos -de sabios, de ilustres académicos, dijo León de la Riva en un tono innecesariamente provocador- lo pone en peligro con su inquietud desmedida. Una alarma que creo que, lejos de ser exagerada, es el gesto más sensato si se valora la intervención desde una perspectiva que prima el respeto al monumento más allá de la reordenación del entorno de la Catedral: el plan del Ayuntamiento presta poca atención al templo; solo contempla rematar su limpieza. Porque la escalinata no responde tanto al deseo de acercarse al proyecto de Herrera -una aspiración que sería descabellada- como a dar una nueva respuesta al difícil acceso a la Catedral en un espacio angosto e inclinado, con un coste demasiado alto: destruir la solución que dio Churriguera al mismo problema en el siglo XVIII. La Academia de Bellas Artes, para algunos el aguafiestas que quiere boicotear la obra, tenía que pronunciarse. Y eso que no suele hacer mucho ruido. Está en la ciudad desde 1779 y la gente aún no la conoce. Pero su compromiso por velar por la conservación de los monumentos y obras de arte de la región obliga a sus miembros a participar -desconcertados, supongo- en cuestiones como esta, a pesar del mal gesto de algunos políticos: esa expresión de hastío que no pueden disimular porque, con el precedente de Platerías y su paralización durante años, prevén retrasos y modificaciones en el proyecto.

En el cruce de declaraciones queda una frase del Alcalde: «Cada uno tiene sus opiniones». León de la Riva sabe que ese es el mejor modo de mitigar la repercusión del informe desfavorable de la Academia: toda opinión, que por constitución es subjetiva, responde necesariamente a un hecho cuestionable, por lo que cabe todo tipo de posibilidades con el atrio. Ante una verdad absoluta, en cambio, no se opina. Y sabe que colocando todas las opiniones en un mismo nivel, la voz de los miembros de la Academia o del departamento de Historia del Arte será solo una más entre las muchas que han discutido el tema. No la más autorizada en la ciudad en cuestiones de patrimonio. Su formación y su dedicación al estudio del monumento no marcan, para él, ninguna distancia respecto a quien, echando un vistazo rápido a las infografías publicadas, opta por la escalera.

En un momento en que se piden referendos en la calle, se exponen los proyectos para que los vecinos opinen y se monta un órgano consultivo en el Ayuntamiento, se ha despreciado a los que, por sus conocimientos, deberían ser consultados en un tema de patrimonio. Debe entenderse que aquellos que han dedicado muchos años a estudiar la Catedral tienen una autoridad intelectual en la discusión de este tema que no posee un ginecólogo o un profesor de Derecho, aunque sean estos los encargados de gestionar lo público y, por tanto, de sacar adelante el proyecto. La decisión final, de todos modos, la tomará la Dirección General de Patrimonio de la Junta de Castilla y León que, tras manifestar su voluntad de exigir el patrimonio castellano y leonés que se encuentra fuera de la región, va a tener muy difícil justificar el derribo del atrio de una Catedral con argumentos como los que se han utilizado ya desde el Ayuntamiento: que es ortopédico y ruin y solo sirve para hacer botellones. Aunque García Galván, delegado de la Junta en Valladolid, ya ha votado a favor de derruirlo en la comisión anterior.



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