El hueso es un órgano vivo, capaz de regenerarse en caso de fractura, pero que también envejece. Con el paso de la edad, va reduciéndose su vitalidad y se va degenerando. Disminuye la densidad de sus trabéculas y el espesor de la corteza y pierde masa, especialmente en las mujeres con la llegada de la menopausia, debido a los cambios hormonales que se producen en esa etapa de la vida.
El problema de la osteoporosis puede radicar en un menor dinamismo celular o en un apósito de calcio reducido. Como consecuencia de ello, el hueso se vuelve tan quebradizo y frágil como la porcelana. Aumenta el riesgo de fractura, sobre todo en aquellas zonas donde inciden las fuerzas de tensión más intensas, como la cabeza del fémur, que forma la articulación de la cadera. En esos casos, la reacción del hueso frente a esa rotura está muy limitada. No llega a formar un callo de fractura, los fragmentos se enclavan y mantienen la continuidad del hueso o bien dan lugar a la aparición de falsas articulaciones.
Este envejecimiento óseo se puede observar al comparar la radiografía de una persona joven con otra de un anciano. La densidad del hueso y la claridad con que se identifican las trabéculas disminuye de forma importante.
El fenómeno del envejecimiento óseo se da en todos nosotros, ahora bien, puede producirse de una forma más o menos grave influido por muchos factores. Algunos son hormonales, pero también influyen la actividad física y el estado nutricional de cada persona. En algunos casos la fortaleza de los huesos se mantiene con la edad, pero en otros la debilidad ósea puede adquirir tal magnitud que pasa a considerarse una verdadera enfermedad. La osteoporosis supone un deterioro del hueso en el que la estructura ósea se ve afectada de forma diferente a la que ocurre en otras enfermedades como la osteomalacia, donde la densidad de las trabéculas óseas se mantiene pero con una reducción significativa del contenido en calcio.
Las consecuencias de la enfermedad en la calidad de vida del paciente son fatales. En primer lugar, genera una serie de molestias que obligan en algunos casos al consumo elevado de medicamentos analgésicos, no exentos de efectos secundarios. Precisamente esas mismas molestias producen una incapacidad importante que inmoviliza a la persona y ello agrava aún más el deterioro del hueso.
Deterioro progresivo
La deformación del esqueleto es progresiva, lo que tiene consecuencias no solo estéticas -como la pérdida de talla- sino también a otro nivel, como sucede con los pulmones. Debido al deterioro de la columna vertebral, la caja torácica pierde movilidad lo que produce una peor ventilación de dichos órganos. En algunos casos llega a plantear importantes problemas respiratorios.
La fractura de determinados huesos, como los correspondientes a la articulación de la cadera, origina una inmovilidad que puede resultar fatal. Se produce un estasis de la sangre, con el consiguiente riesgo de formación de trombos en las piernas.
Los coágulos pueden acabar soltándose y siendo arrastrados hasta el pulmón, lo que puede originar un tromboembolismo pulmonar que puede tener consecuencias mortales en muchos casos. Por otro lado, la inmovilidad puede determinar una peor ventilación de los pulmones, con retención de secreciones, lo que es un riesgo para el desarrollo de una infección o neumonía. La piel se deteriora y en aquellas zonas de mayor presión se originan úlceras que obligan a una mayor postración. La fractura de las vértebras y su aplastamiento provoca un dolor intenso que también limita la movilidad.
Por todo ello, la fractura de cadera es uno de las peores accidentes que puede sufrir una persona mayor con osteoporosis, por las repercusiones en su calidad de vida. Se asocia con frecuencia a un pronóstico incierto. El dolor, la inmovilidad y la pérdida de independencia dan lugar a un deterioro físico y psíquico.
Ahora bien, la lucha contra la osteoporosis empieza en la edad adulta. La dieta debe aportar todo el calcio necesario para la mineralización de los huesos. Esto supone mantener una alimentación sana y equilibrada en la que estén incluidos los productos lácteos, que son una importante fuente de minerales y vitaminas. De lo contrario estaremos predispuestos a padecer esa enfermedad.
No hay que olvidar cómo en la etapa infantil un desayuno insuficiente o la sustitución de esos elementos de la dieta por otros menos sanos puede dar lugar a estados carenciales que producen anomalías incluso en el crecimiento y fortalecimiento de los huesos. Esos estados carenciales pueden agudizarse de nuevo en adultos y ancianos. La dieta inadecuada puede hacer mella no solo en la salud de los huesos, sino también repercutir en todo el organismo.
Respecto a la vitamina D, la exposición al sol es fundamental para conseguir un buen aporte, por lo que deberíamos tomarlo al menos media hora todos los días.
Detección a tiempo
Diagnosticar este problema con la suficiente antelación favorece un correcto tratamiento del mismo, aunque también es necesaria una actitud de prevención. El examen radiológico resulta muy limitado ya que para cuando la osteoporosis se puede detectar así, el deterioro del hueso es ya importante. Hay otros métodos de diagnóstico, entre los que destaca la densitometría ósea.
Esta técnica diagnóstica, derivada de la medicina nuclear, mide la masa ósea en determinadas zonas, como la cabeza del fémur o la columna vertebral. Los valores obtenidos se comparan después con otros de referencia para la población. Es conveniente realizarse un control periódicamente, sobre todo si existen factores de riesgo, aunque es habitual recomendarla en mujeres que están entrando en la perimenopausia.