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Martes, 21 de febrero de 2006
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EDITORIAL
El futuro de Kosovo
EN un tono formalmente constructivo y bajo una fuerte protección diplomática internacional, delegaciones de albaneses y serbios abrieron ayer en Viena lo que debería ser la negociación final para terminar de una vez con la crisis que ensangrentó el Kosovo, una provincia bajo soberanía serbia y de mayoría albanesa y que aspira a la independencia. La negociación tiene el aval impagable de la experiencia y solvencia profesional y política del ex presidente finlandés Martti Ahtisaari, que, con su currículum de pacificador de éxito en otras latitudes, aceptó ser el mediador en esta crucial etapa, cuyos resultados podrían esperarse, en todo caso, no antes de fin de año si es que hay acuerdo.

Desde el plano de la legalidad internacional, Kosovo es una parte de Serbia que federada a Montenegro es cuanto queda de la vieja Yugoslavia creada tras la Primera Guerra Mundial como un reino de serbios y croatas y fragmentada hasta la extinción con las guerras balcánicas de los ochenta y noventa, escenario de algunas de las peores atrocidades vistas en la Europa contemporánea. Kosovo no fue una excepción: la Serbia del hoy procesado Slobodan Milosevic actuó sin freno para apoyar a los serbios y cometió graves excesos contra la mayoría albanesa. El conflicto causó miles de muertos y desaparecidos. Caído Milosevic por la intervención de la OTAN, la provincia fue puesta en 1999 bajo la protección de la ONU y ese protectorado es el que busca ahora su definitivo estatus. La mayoría albanesa -hoy, tras la huida masiva de serbios amedrentados, el 90% de los dos millones de habitantes- no acepta nada que no sea la independencia, tras prometer que no busca su anexión por Albania y que respetará a sus ciudadanos de cultura serbia bajo los más exigentes parámetros en materia de derechos humanos. Pero su conducta con ellos tras el fin de Milosevic dejó mucho que desear.

Los serbios ultras, minoritarios pero activos y con fuerza en el parlamento de Belgrado, se oponen firmemente a la independencia y la mayoría moderada, con el presidente Tadic o el primer ministro Kostunica al frente, aceptan una autonomía y un profundo gobierno local con un vínculo jurídico con Serbia. El desafío es muy grande y no se atisba una salida fácil, hasta el punto de que no es desdeñable la alternativa de prorrogar el statu quo con un autogobierno amplio y pactado por un periodo de tiempo que permita madurar las cosas y pacificar los espíritus.

Deforestación y muerte

La terrible catástrofe 'natural' que se vive estos días en la isla de Leyte, en el sur de Filipinas, responde -como la gran mayoría de este tipo de sucesos- a la convergencia de la falta de previsión medioambiental y de la imprescindible coordinación que requieren los recursos de salvamento que se deben activar en las primeras horas del desastre. Esta ecuación implacable ha vuelto a mostrar la dureza con la que la naturaleza puede golpear cuando se olvidan las prevenciones básicas y se descuida la preparación técnica y humana de los equipos de rescate.

Cuando se desconoce aún el número real de víctimas que han quedado sepultadas por el alud de barro que en cuestión de segundos enterró un pueblo de casi tres mil habitantes -se barajan cifras por encima de los 1.400 muertos- y con los equipos de salvamento luchando denodadamente por localizar a los más de 200 alumnos se puede escuchar el relato de siete profesores de la escuela local, ahora bajo toneladas de lodo, recordando la impotencia para salvar vidas por falta de medios adecuados de los primeros efectivos del ejército filipino en llegar a la zona afectada, o los lamentos por haberse evacuado unos días antes el pueblo y haber regresado a la zona al pensar que el peligro ya había pasado. Ahora servirá de muy poco hablar de los riesgos de la deforestación indiscriminada de la ladera de la montaña bajo la que se ubicaba la aldea filipina, como lo fue en su momento de los manglares destruidos que hubiesen paliado considerablemente el efecto del tsunami de finales de 2004. Dentro de unos meses, se volverá a hablar de colinas enteras que se desmoronan por falta de árboles que contengan el empuje de un torrente de agua y de un tiempo precioso perdido por los equipos de rescate especializados enviados desde los países occidentales en trámites burocráticos. En Guinsaugon ya es demasiado tarde, pero quizás no lo sea en la siguiente ocasión, que llegará.



Vocento