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Martes, 21 de febrero de 2006
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Análisis
La hora del último tren
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LA llegada de Alfredo Merino va a suponer, con toda seguridad, una oleada de aire fresco. Tanto por su forma de trabajar, como por su manera de dirigir, como por el sentido común que suele mostrar a la hora de plantear los encuentros. Tiene por delante una papeleta compleja, difícil, ardua. Tan difícil como la de López Caro o la de Pepe Murcia. Y si ellos sacaron adelante el trabajo, no es de recibo pensar que él no lo vaya a hacer.

Para lidiar el toro con el que se ha de enfrentar, Merino cuenta con dos ases: la confianza que le da el trabajo desarrollado con el Promesas, y Javier Torres Gómez. Es cierto que nunca ha conducido un vestuario de la Liga de Fútbol Profesional, pero ese déficit lo suple de largo con el ex capitán blanquivioleta. Torres Gómez va a ser una pieza clave, capital, una piedra angular del penúltimo intento del Valladolid por sacar la cabeza del agua. Respetado por la plantilla -no hay que recordar que casi todos eran sus compañeros la pasada temporada-, Javi Torres debe ser el puente imprescindible para que la comunicación entre primer equipo y directiva sea fluida.

Y es que hay un lujo que los aficionados no pueden perder de vista: de aquí al final de temporada el Real Valladolid se juega su futuro como empresa. Este es su último tren. Con ocho millones de deuda, un año más en Segunda División equivale al fin. No ascender, que quede claro, implica pasar a ser un equipo más de la categoría de plata. Un Sporting, un Almería o, como se tuerzan las cosas, un Salamanca. Es hora de aunar esfuerzos. Es hora de confiar en unos jugadores que conforman una plantilla de calidad; es hora de creer que por fin el entrenador va a colocar a cada uno en su puesto y va a sacar al grupo un rendimiento acorde con su condiciones; es hora de tener la seguridad de que se ha producido el punto de inflexión en la trayectoria del club; es hora de pensar que ya es la hora.

Los 78 años de historia del Real Valladolid deben, de nuevo, adquirir el peso específico que se merecen. Los aficionados, a animar, las instituciones a superar rencillas personales y los responsables del club a mantener la tranquilidad, cumplir con su obligación y dejar trabajar a cada uno. Y el que falle, que sepa que se le pedirán cuentas.



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