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Domingo, 19 de febrero de 2006
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venganza
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PARA muchos animales todo es Guantánamo. Los encerramos, los explotamos, los torturamos. Es probable, aunque no pueda ser probado, que las rebeliones en las granjas se daban a una coalición y hayan logrado una alianza de especies delegando su venganza en las aves. «Todo lo que perdí volverá con las aves», que dijo Jorge Guillén. ¿Cómo se explique de otro modo la programada invasión de la gripe aviar? El incontenible avance ha llegado ya a Francia y los más pesimistas temen una pandemia mundial que podría dejar a más de un millón de seres humanos sin plumas y sin poder cacarear que somos los reyes de la creación.

Quizá se hayan enterado en los más lejanos corrales de lo que muchos cazadores españoles hacen con los galgos que les han servido para sus heroicas gestas. Unos cincuenta mil son ahorcados cada año por sus repulsivos dueños. A otros los tiran a un pozo o los queman vivos.

La bestialidad humana supera con mucho a la de los animales, que no practican la crueldad. Quizá solo «el gato maula que juega con el mísero ratón», que dice el tango, sea el único que se divierte prolongando el martirio, los demás van a lo suyo y solo matan para no morir de hambre.

Ni San Francisco de Asís, ni Walt Disney, ni Rodríguez de la Fuente han conseguido que comprendamos a estas «pobres almas mudas», a estos colegas en la aventura de vivir.

Desde que estuve en el Parque Kruger, allá en la punta sur de África, no me gustan los zoos. Es hermoso ver en libertad a las cebras digitales, a los hipopótamos neumáticos y a los elefantes, como móviles colinas.

Por eso creo que se trata de una venganza lo de ahora, además de una plaga que no se les había ocurrido a los imaginativos autores de la Biblia. Lo cierto es que nos han montado un pollo.



Vocento