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Domingo, 19 de febrero de 2006
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La épica de la derrota
NO sabría yo decirles si por estos pagos somos de verdad aficionados a celebrar las derrotas o es que, simplemente, carecemos de victorias dignas de mención. Muy grande y muy gloriosa oigo decir que fue nuestra historia -pienso ahora en Castilla y León- pero uno se encuentra con que guardamos fiesta el día 23 de abril, que, aparte de conmemorar la muerte de Cervantes (que parece que no fue así), recuerda la paliza que los llamados comuneros sufrieron en Villalar a manos de las tropas de Carlos V. Digo yo que en varios siglos de esplendor habrá fechas menos dolorosas que esa, lo que sirve para reafirmarme en mi tesis de que nos sentimos más identificados con los fracasos que con los éxitos. No hace muchos meses que he visto a la Armada española formar para exaltar el recuerdo de aquella batalla de Trafalgar que fue nuestra ruina. Y hasta nuestro más famoso novelista le ha dedicado una sentida loa en forma de libro.

Batallas no hubo en mi pueblo, pero los viejos llevan el cómputo del tiempo por las míticas heladas, por los aguaceros o las sequías que no les dejaron más que calamidades. Y del año de la gripe se acuerdan hasta los que no habían nacido, que son casi todos. Es posible que en la historia local hayan existido tardes maravillosas de mayo o suaves y prósperos veranos que dejaran los graneros llenos y los ánimos calmados. De eso no guarda memoria ni Dios, solo lo catastrófico se agarra a nuestro recuerdo. A lo mejor es algo biológico, quién sabe si el hombre ha ido creciendo en las desgracias y en las derrotas y ya nuestros genes no reconocen como propios más que esos acontecimientos.

Luego, claro, hay casos obligados, en los que el fracaso es siempre nuestra realidad. Si es usted, como un servidor, del Atlético de Madrid, no le queda otra que hacer de la realidad su mayor virtud y convivir con la derrota de la mejor forma posible mientras se aguarda a que lleguen los triunfos. Lo que ya entiendo menos -y hasta me preocupa en quienes no contemplaban otro estado que el triunfo- es que los ricos, los guapos, las estrellas de la victoria, celebren una eliminación con igual entusiasmo que la más grande de las gestas. Parece mentira que el Real Madrid, equipo plagado de galácticos, al que sus aficionados califican sin rubor alguno como el mejor equipo de la historia, vitoreen su reciente eliminación por parte del Zaragoza como si hubiesen vencido a aquel mítico Milán que les llevó por el camino de la amargura en los años ochenta. Es cierto que el partido finalizó cuatro a cero, los guarismos de la derrota, puesto que era necesaria una diferencia de cinco goles.

La advertencia que voy a hacer a los dirigentes del Real Madrid, a su jefe de prensa, a todo su departamento de márquetin y, sobre todo, a su afición procede de un 'colchonero' de buena fe. No soy yo de los que abogan por la desaparición del conjunto merengue. Tanto aprecio le tengo que me encantaría verle jugando el Trofeo de la Diputación de Burgos, campeonato que la escuadra de mi pueblo gana casi todos los años. Esa absurda celebración -derrotas así no duelen, ha dicho su entrenador, López Caro-, esa exaltación del fracaso, conduce inevitablemente a la nada. Seguro que algún aficionado blanco que lea estas líneas piensa que perder como se perdió ante el Zaragoza no es deshonroso. Cierto, que de lo contrario no habría individuo más deshonrado que yo en el mundo. Pero es una derrota, cuatro goles inútiles que no vienen a enmendar la cagada de La Romareda.

Ciertos sentimientos, determinadas sensaciones son artificialmente gratas y responden a motivaciones casi siempre ajenas. La dulce derrota, la gesta sin consecuencias, el digno adversario que al final muerde el polvo y encuentra que el regusto del fracaso no es tan ácido como pensaba -a fuerza de seguir probando termina gustándole, se convierte en el antihéroe de la novela moderna, quién nos iba a decir que hablando de fútbol terminaríamos haciéndolo de Literatura-, no son sino constructor que alguien nos inculca para huir de sus responsabilidades o de su obligación. Salvando las distancias, me recuerda a la resignación que ciertas religiones exigen a sus fieles para soportar la dureza de la vida diaria a cambio de la promesa de una felicidad siempre venidera. No sé yo si este no será el principio del fin para el Real Madrid, el ocaso de la grandeza que le ha caracterizado y que le obligaba siempre a conseguir títulos. Aunque, bien mirado, y apelando incluso a la épica suscitada por el club, al recuerdo de las, cito, grandes remontadas, al espíritu Juanito, uno cae en la cuenta de que ese espíritu tan añorado no trajo consigo grandes triunfos. ¿Cuántas copas de Europa ganó el Madrid de Juanito, de Camacho, Gordillo ?

A la leyenda suele gustarle la estética de la derrota, estética que en fútbol no sirve para nada que no sea endulzar fracasos y que las directivas se vayan de rositas cuando nos elimina un club con diez o veinte veces menos de presupuesto.

Malo sería que el Real Madrid empiece a frecuentar tan estéril camino. La celebración de las derrotas solo enmascara la ausencia de triunfos. Aquí sabemos de eso.



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