LA actual tensión política hace impensable que las grandes fuerzas consigan encontrar el ambiente de concertación indispensable para acometer una reforma constitucional relevante. Este fue el argumento que serenamente ha manejado el consejero de Estado y ex presidente, José María Aznar, para oponerse en solitario no tanto al informe de esta alta institución consultiva sobre la reforma de la Carta Magna -demandado por el Gobierno- cuanto a la oportunidad misma de proponer la mudanza.
Al margen de estas circunstancias, está claro que el informe, sin duda cabal y técnicamente impecable, tendrá escasa utilidad no solo por la citada imposibilidad de la reforma, sino porque el requerimiento al Consejo de Estado no fue correctamente planteado. Tanto la reforma del Senado, determinante en la definición del modelo de Estado resultante -descentralizado, federal o confederal-, como la mención explícita a las comunidades autonómicas existentes han de responder a iniciativas eminentemente políticas, que después habrán de ser ajustadas por los técnicos, y no al contrario. El Consejo sortea esta evidencia por el procedimiento de mostrar un abanico de posibilidades de avance, e incluso determinadas advertencias sobre asuntos colindantes -como la conveniencia de reintroducir el recurso previo de inconstitucionalidad-, pero es obvio que no emite, porque no es su cometido, las definiciones cerradas que se le reclamaban.
Impecable y completa es en cambio la propuesta de reforma concerniente a la supresión de la primacía del hombre sobre la mujer en la línea sucesoria de la Corona. Y los dos grandes partidos, hoy desacreditados por su incapacidad para rebajar el clima de crispación, darían muestras de buen sentido si al menos en este asunto fueran capaces de ponerse de acuerdo. Como se sabe, la reforma del artículo 57 de la Constitución, que corregiría el problema, requiere, además de la mayoría cualificada de ambas cámaras, la disolución del Parlamento y la convocatoria de un referéndum. Habría, pues, que hacer coincidir esta reforma con el fin de la legislatura, si PP y PSOE llegan al entendimiento, que debería incluir la decisión de asumir el riesgo que comporta someter a referéndum una vertiente medular de la propia forma de Estado.
Reforzar la prevención
Que en España no se estén aplicando nuevas medidas preventivas ante la gripe aviar, mientras el virus H5N1 ha hecho ya acto de presencia en seis países europeos, no debe interpretarse como una actitud negligente; obedece más bien a que el verdadero riesgo para España, del que nadie duda, comenzará cuando lleguen en primavera las aves provenientes de África.
Por el momento, resulta tranquilizador ver que el Comité Nacional de Alerta Sanitaria Veterinaria -reunido ayer- está actuando coordinadamente con todas las comunidades autónomas. Y es que en asuntos como este, que nos afectará con toda seguridad, las diferencias entre administraciones son letales para el buen fin de cualquier planificación. Es de esperar que esa coordinación se traslade a la organización y ejecución de todos los protocolos incluidos en el Plan Nacional contra una pandemia de gripe aprobado en mayo del 2005, siendo conveniente que un único departamento o autoridad coordine todos los mensajes que se transmitan a la opinión pública. En los últimos días proliferan informaciones, previsiones y recomendaciones desde diferentes ministerios y otros organismos que no ayudan, precisamente, a la claridad necesaria y a la tranquilidad pretendida.
A estas alturas, parece que será imposible evitar el contagio de esta gripe en aves silvestres sobre territorio español o que se produzcan algunos focos en granjas nacionales; incluso se desconocen indicaciones respecto a las bandadas de palomas que pueblan nuestras ciudades. Y aún así, hay quien intenta minimizar las posibilidades de que la enfermedad llegue a afectar a personas. Pero una cosa es el alarmismo gratuito y otra no calibrar las consecuencias que produciría una pandemia similar a la de la 'gripe española' que a principios del siglo XX segó la vida de millones de personas en el mundo. Estar preparado puede ser muy caro, si no se produce el mal que se pretende evitar; pero es infinitamente más costoso no haberlo estado cuando las peores previsiones se cumplen.