QUÉ le ocurre a la agricultura en los países desarrollados para que no deje de ser una continua fuente de malas noticias?, ¿cuáles son las causas de la permanente pérdida de rentabilidad de las explotaciones, su abandono y la reducción del número de agricultores y todo ello a pesar de las costosas políticas destinadas a corregirlo? Esta cuestión ha venido preocupando a los economistas agrarios, especialmente a partir de los años cincuenta del pasado siglo, que es cuando el problema comienza a manifestarse con mayor virulencia. Pues bien, los estudios muestran que la pérdida de poder adquisitivo de las rentas se debe a la caída de los precios de las mercancías agrarias y su explicación es simple: sus producciones tienden a crecer año tras año, pero se encuentran con una demanda que crece más despacio. En consecuencia, las soluciones pasan por estabilizar las producciones o aumentar la demanda de estas mercancías, y aquí es donde empiezan los problemas; ninguna de ambas cosas es muy factible. En los países desarrollados, la demanda está estancada debido a que la población no crece o lo hace muy despacio, y además está bien alimentada, por lo que cuando aumenta su renta no aumenta su consumo de productos agrarios básicos, ni tampoco lo hace cuando baja el precio, es decir no pasa como, por ejemplo, con el consumo de telefonía móvil, donde claramente se aprecia que la gente lo utiliza más cuanto más rica es y también habla más cuando más barato es el servicio. Por otra parte, la posibilidad de colocar los excedentes en el mercado mundial no resulta factible al ser los precios mundiales muy reducidos.
Si nos desplazamos al lado de producción, debemos comenzar por preguntarnos qué le impulsa a crecer. Y lo que encontramos es la conjunción de varias fuerzas. Por un lado se tiene que el sector agrario está formado por múltiples pequeños productores, donde cada uno observa que para incrementar sus ingresos debe aumentar su producción. Pero hete aquí que cuando todos ellos tienen éxito en su empeño, el resultado es que la producción es demasiado abundante y entonces el precio cae. Aquí debe tenerse presente que si algún agricultor es consciente de este fenómeno y decide no seguir el comportamiento general, y no aumenta su producción, lo único que logra es salir peor parado que los demás, ya que su decisión no consigue influir en el resultado global, al fin y al cabo unas toneladas más o menos no se notan en un mercado donde se intercambian decenas de miles; el precio cae de todas maneras, y como él tiene menos que vender pues gana menos. La otra fuerza que impulsa la producción es la incorporación de las mejoras tecnológicas que continuamente genera el sistema económico actual. Así tenemos que una parte importante del aumento de la producción se debe a la disposición de nueva maquinaria, a la forma más eficiente de aplicar los nuevos fertilizantes, de las mejoras genéticas, etcétera. Debe apreciarse que cada agricultor, por las razones antes expuestas, se ve impulsado a adoptar estas mejoras, que acaban redundando en su contra.
En consecuencia, el pequeño agricultor, cual moderno Sísifo, ve como una maldición desbarata una y otra vez sus esfuerzos por aumentar su renta. Maldición de la que no puede escapar, ya que un acuerdo entre todos los agricultores para limitar su producción y evitar la caída de los precio, es prácticamente imposible de alcanzar dado el elevado número de participantes que habría que poner de acuerdo, pero además si se alcanzase, el aliciente para incumplirlo es tan alto (si yo produzco un poco más nadie lo va a notar), que difícilmente se mantendría por mucho tiempo.
El resultado de este proceso, en ausencia de intervenciones del Gobierno sería la progresiva desaparición de explotaciones agrarias y ganaderas, hasta que solo quedaran aquellas capaces de ser rentables en las condiciones impuestas por el mercado, lo que por otra parte ha ocurrido en muchos sectores productivos, donde el progreso tecnológico ha hecho desaparecer poco a poco las empresas de pequeño tamaño y hoy las que sobreviven son unas pocas muy grandes. En el caso de la agricultura, bien porque esta situación no se considera socialmente deseable, bien porque el grupo afectado tiene la suficiente influencia para utilizar los recursos del Estado en su favor, se han puesto en marcha, en la inmensa mayoría de los países desarrollados, políticas que tratan dar una solución al problema de la caída de las rentas agrarias. Ocurre, sin embargo, que estas políticas no están teniendo los resultados deseables, como lo muestra el que a pesar de las continuas reformas, los pequeños agricultores sigan sin poder subsistir únicamente con las rentas agrarias y poco a poco vayan abandonando la actividad. Ni siquiera la PAC, que en su infinito afán regulador ya conoce casi 'personalmente' a todos los agricultores y ganaderos de la Unión y determina que deben producir y que no, ha sido capaz de proporcionar una solución aceptable al problema agrario. Y ello es así porque la raíz del problema está en la propia dinámica económica, en la conjunción de fuerzas que impulsan el crecimiento económico, son ellas las que hacen imposible la coexistencia de una agricultura basada en explotaciones familiares con la de una agricultura cuya misión es proporcionar materias primas abundantes y baratas a la industria. En consecuencia, no puede esperarse que las políticas agrarias solucionen el problema, de hecho lo único que hacen es dilatarlo.