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Jueves, 16 de febrero de 2006
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Crispación
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Apoco que se oteen los vientos populares enseguida se percibe que algo pasa. La ciudadanía está inquieta. No temerosa pero sí preocupada. Crispada. Una disposición derivada de una cierta perturbación de su estado emocional por la dislocación de una situación estable como la que proporciona en los Estados libres la convivencia consolidada, sin sobresaltos ni sombras amenazantes de convulsión. Es en ese clima de favorable coexistencia donde se asientan iniciativas de progreso, de tolerancia y de solidaridad. Pero ha aparecido la crispación y frente a la sonrisa del bienestar ha surgido un gesto de desazón por decisiones políticas de trascendencia que, alcanzando incluso el marco constitucional, no sólo han provocado ese rictus de enojo o desencanto sino un decidido rechazo por una mayoría, siempre tan silenciosa. Y así, surge la crispación frente a los intentos de una vertebración de la España en paz, forzada por actitudes secesionistas intransigentes, insolidarias, separatistas.

Surge la crispación por desproporcionadas limitaciones de la libertad de expresión desde la representación política contra la Iglesia, medios informativos o el propio estamento militar. Surge la crispación por la avasalladora y prepotente actitud política para desmembrar los fondos de un Archivo bien catalogado y custodiado al alcance de todo el mundo. Surge la crispación por la intolerancia y sectarismo de la cúpula de la Justicia. Surge la crispación cuando con el ninguneo de las víctimas del terrorismo se excarcelan asesinos condenados a cientos de años al amparo de una complaciente flexibilidad de la normativa penal, acomodaticia y pastelera. Surge la crispación cuando se intuye aproximaciones peligrosas con organizaciones clandestinas que, más que fortalecer la paz podrían acrecentar la prepotencia envilecedora y, en consecuencia, la cautividad de un Estado de Derecho debilitado por concesiones supuestamente garantes de la supervivencia en el Poder, seguramente. Surge la crispación cuando se torea la conculcación de decisiones judiciales firmes desautorizando movimientos asamblearios ilegales, celebrados, por contra, sin el menor pudor y con el máximo de arrogancia. Surge la crispación cuando se toleran expresiones abyectas de odio y rencor contra España o las madres de los españoles. Surge la crispación cuando se amordazan o incluso se apartan voces de conciencia que no convienen al que manda.

Surge la crispación cuando se tolera la constante afluencia y permanencia de una inmigración clandestina y problemática, germen de bandas armadas de delincuencia turbadora de la paz social. Surge la crispación cuando se consiente la exhibición de determinados certámenes artísticos (por muy avanzados que se tilden) de un Cristo portador de un misil amenazador. Surge la crispación cuando en un delirio se privatizan aguas de dominio público para su explotación privada. Y surge cuando se oye la continua descalificación entre los principales partidos en vez de procurar el reencuentro de fórmulas que mejoren la convivencia y el bienestar en paz de todos los españoles. Menos mal que dentro de nada será primavera.



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