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Martes, 14 de febrero de 2006
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El valor de la libertad de expresión
EL lector conoce la historia: las caricaturas satíricas del profeta Mahoma publicadas en un periódico danés han levantado una reacción extraordinaria de indignación en el mundo musulmán, incluidas violentas acciones contra legaciones europeas. Y han dado lugar a su vez a numerosas declaraciones e intensos debates en el ámbito occidental respecto a la oportunidad y licitud de la publicación de tales imágenes, así como sobre cuál es la actitud adecuada ante la situación creada.

Se puede debatir sobre el mejor modo de resolver este problema, atendiendo tanto a razones de principio como a razones de oportunidad. Pero el caso invita también a reflexionar sobre lo que significa la libertad de expresión.

Es preciso empezar por reconocer que la libertad de expresión se ejerce de modo frívolo e irresponsable cuando se convoca un concurso de humoristas gráficos para dibujar caricaturas de Mahoma, y es gravemente irrespetuoso para con los musulmanes asociar la imagen del profeta a bombas y armas. Es verdad que ha habido una interesada difusión probablemente buscada de lo que en principio se publicó en un diario de un pequeño país, escrito en una lengua poco hablada, y que de ordinario habría pasado inadvertido para la inmensa mayoría de los lectores del mundo. Está claro también que la airada y violenta reacción de masas incontroladas ante estas caricaturas no ha sido del todo espontánea. Se está alimentando a ciencia y conciencia el estereotipo del choque de civilizaciones, en beneficio de las políticas de enfrentamiento. Pero por eso mismo, la publicación de esos dibujos es políticamente inoportuna y temeraria en estos tiempos, además de ser moralmente reprochable por la falta de respeto a los sentimientos de muchas personas.

Esto no quita, sin embargo, para sostener el valor superior del derecho a la libre expresión. Para entender por qué, conviene recordar que la demanda de la libertad de expresión, asociada a la de la libertad de conciencia, nació en la Europa moderna asociada a la sangrienta época de las guerras de religión. Eran tiempos aquellos en los que las tesis de unos resultaban blasfemias para otros, en los que los herejes -es decir, los que se desviaban de lo que otros consideraban verdadero o recto- eran considerados criminales, y en los que los que pretendían pensar libremente eran perseguidos.

Pero como esto llevaba a un conflicto terrible e inacabable, acabó por imponerse, andando el tiempo, el compromiso de aceptar que cada cual pudiese mantener y expresar libremente sus creencias, y dejar que los demás entendieran su fe a su manera. Este principio de tolerancia, afirmado por los filósofos de la Ilustración, quedó consagrado en las declaraciones de derechos del hombre de las revoluciones americana y francesa del siglo XVIII, y fue abriéndose camino, poco a poco y no sin grandes resistencias de los poderes políticos y eclesiásticos, en las sociedades contemporáneas.

Cuesta admitir la libertad de expresión, porque supone aceptar el riesgo de que otros expongan ideas, sentimientos o imágenes que juzgamos falsas, ridículas, ofensivas e incluso peligrosas. Implica dejar que se publiquen ideas supersticiosas, doctrinas cosmogónicas o fisiológicas delirantes, panfletos subversivos, o propuestas inmorales. Supone ver expuestas nuestras más hondas creencias y convicciones a la crítica y la sátira de los demás.

Es cierto que el derecho a la libre expresión no ampara absolutamente todo. Como todo derecho, está sujeto al límite de los derechos de los demás, al respeto debido a su dignidad, que prohíbe vejarlos y humillarlos. Pero el deber de respetar a las personas, y por eso a lo que es apreciado o sentido como valioso por ellas, no puede servir como pretexto para establecer privilegiados cotos de ideas o prácticas vedados a la crítica. Por eso, en las sociedades que reconocen la libertad de expresión la determinación de quiénes y cuándo se han excedido en el uso de este derecho se confía al criterio independiente de los jueces, sobre la base de restricciones mínimas establecidas en las leyes.

Pero vale la pena cargar con los inconvenientes que entraña. Pues sin libertad de expresión no puede haber una sociedad de ciudadanos libres e iguales. Solo si podemos manifestar sin represión nuestras convicciones y creencias somos respetados y reconocidos como personas capaces de pensar y de actuar por sí mismas. Solo si es posible la crítica de cualquier doctrina, de cualquier poder, puede haber cierta capacidad de control, de exigencia de responsabilidad ante la sociedad; solo si hay libertad de expresión es posible la manifestación de opiniones y la deliberación abierta sobre los fines e intereses comunes, y lograr un consenso no forzado sobre cómo vivir. Sin libertad de expresión, los mismos que en esta o aquella ocasión se sienten molestos u ofendidos por las afirmaciones de otros, no podrían proclamar y defender sus ideas y creencias allí donde no tuvieran el poder.

Por eso, quien defiende la libertad de expresión, y su prioridad frente a la afirmación de cualquier verdad o bien, no está defendiendo un valor propio de las sociedades 'occidentales', frente al cual se podrían afirmar con la misma validez los valores propios de otras culturas. Tampoco afirma que lo que se dice en uso de esa libertad sea siempre justo o razonable, ni que lo criticado merezca serlo. Lo que sostiene es una condición necesaria para todos, si es que han de convivir pacíficamente como iguales en derechos y diferentes en creencias y modos de vida. Por eso no se puede ceder en este punto; la alternativa es el monólogo solitario del más fuerte



Vocento