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| EDUCACIÓN | INMIGRACIÓN
Un aula del medio rural acoge a 10 niños búlgaros y solo tres españoles«Cuando llegaron, pensé en sacar a mi hija de la escuela», afirma una madre
«Si no fuera por los alumnos inmigrantes, estas escuelas hoy estarían cerradas», afirma la directora del Centro Rural Agrupado Campos de Castilla, que tiene su sede en Becilla de Valderaduey
Aula de Infantil y de primer ciclo de Primaria en el CRA Campos de Castilla de Becilla de Valderaduey. / GABRIEL VILLAMIL
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CENTRO R. AGRUPADO
Unidades escolares: Becilla de Valderaduey (dos), Bolaños de Campos (dos), Ceinos de Campos (dos), Castroponce (una), La Unión (una) y Villavicencio (una).

Número de alumnos: 64.

Alumnos extranjeros: 17 búlgaros y uno cubano.

Profesores: 14 y uno de religión.


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La escuela se ha convertido en reflejo de una nueva realidad social multicultural, fruto de un fenómeno inmigratorio creciente y que no es exclusivo del mundo urbano. En el Centro Rural Agrupado (CRA) Campos de Castilla había escolarizados la semana pasada 64 alumnos repartidos en nueve unidades de Infantil y Primaria de seis localidades vallisoletanas: Becilla de Valderaduey, donde está la cabecera del CRA; Bolaños de Campos, Ceinos de Campos, Castroponce, La Unión de Campos y Villavicencio de los Caballeros.

Diecisiete de esos niños eran de origen búlgaro y uno cubano (el 28% del total), cuyas familias se han instalado en estos pueblos porque aquí han encontrado trabajo en el campo, normalmente en tareas duras que ya nadie quiere o no hay quien las atienda. El caso más sobresaliente es el de Becilla de Valderaduey: diez de los trece alumnos de sus dos unidades (77%) son búlgaros, y solo tres españoles.

El número de escolares en el medio rural más deprimido, como es el de Tierra de Campos, está descendiendo en paralelo al descenso demográfico que sufren sus pueblos, y el impacto de la llegada de alumnos inmigrantes es por ello mayor. «Eso tiene sus ventajas e inconvenientes», explica María García, directora del CRA y profesora de Educación Física. La ventaja no es pequeña: «Estas escuelas hoy estarían cerradas si no fuera por la llegada de población inmigrante», asegura.

Estos niños suelen llegar con un nivel académico muy bajo porque su grado de escolarización en sus países de origen ha sido nulo o muy deficiente, pero el mayor problema es, sin duda, su desconocimiento del idioma. Pero es sorprendente su capacidad para aprender rápidamente un idioma completamente desconocido para ellos y con un alfabeto latino que en nada se parece al cirílico. Y cuando esa barrera cae, su progreso académico es también notable. En Becilla, los profesores encontraron una ayuda inestimable en Mario Shterev, alumno de sexto de Primaria, que llegó a España hace cinco años y ya habla perfectamente castellano. Él hace de traductor e intermediario con sus compañeros y las familias búlgaras con enorme sentido de la responsabilidad. Su integración es tal que ha aprendido a escribir en castellano cuando todavía no sabe hacerlo en búlgaro. Tiene 12 años y el próximo curso irá al instituto a Villalón.

«Son igual de listos o de torpes que el resto, pero en general muestran un elevado interés por aprender, especialmente los más pequeños. Cuanto más seguido vengan al principio, más rápido avanzan. Y pasadas las dos primeras semanas, que son las más difíciles, no hay problema de absentismo. No faltan ningún día a la escuela», asegura Basilisa Quintanilla, tutora de Castroponce y secretaria del CRA. «Ahora -añade- nos vendría de maravilla tener una profesora más de compensatoria para facilitar su inmersión lingüística en el aula».

Bien integrados

Leticia Hernando, psicopedagoga de los equipos de orientación educativa, se encarga de asesorar a los tutores, entrevista a las familias búlgaras para conocer su situación sociolaboral y evalúa el nivel de conocimientos de los niños en áreas instrumentales, como lengua o matemáticas, para saber qué son capaces de hacer y cuáles son sus carencias. «No son niños que en principio presenten bajas capacidades, sino que el desconocimiento del idioma les pone al principio muchas barreras. Todos estos son muy majetes y están muy bien integrados. Vienen contentos a la escuela y tienen buenas relaciones con el resto».

También destaca la importancia de concienciar a sus familias para que se impliquen en su escolarización, porque «viven en una situación socioeconómica difícil y cuando no tienes tus necesidades básicas cubiertas, la educación puede parecer un lujo».El listado de alumnos del CRA Campos de Castilla de Becilla de Valderaduey, una pequeña localidad de unos 360 habitantes situada a 70 kilómetros de la capital vallisoletana, entre Mayorga y Medina de Rioseco, es de una sonoridad abrumadoramente eslava: Borislavov, Borislavova, Iliev, Sergeev, Iskrinov, Maximova, Shtereva, Shtere, Ventsislavov que se imponen a los Rubio, Cid y Santamaría de las tres únicas alumnas españolas.

A mediados del pasado mes de noviembre, de forma imprevista, llegaron a la escuela cinco niños búlgaros que se sumaron a los cinco que ya había, y desequilibraron definitivamente la balanza cuando el curso ya estaba encarrilado.

«Con los profesores que había era imposible poder atender a todos. A nosotras nos preocupaba lógicamente que se les pudiera prestar más atención a ellos que a nuestros hijos», explica Cecilia, madre de una niña española.

«La escuela del pueblo era como tener clases particulares para nuestros niños y yo estaba encantada, pero la llegada de los búlgaros me preocupó muchísimo y me llegué a plantear sacar a mi hija de la escuela. Ahora puedo decir que esa preocupación ya no la tengo, porque la directora se movió muchísimo y el problema se solucionó rápido y bien (con desdoble de aulas y una nueva profesora de Infantil)». «Aunque al principio les costó retomar esa normalidad con la que trabajas cuando no hay problemas, creo que mi hija lleva un aprendizaje normal, el mismo que hubiera tenido sin esas circunstancias especiales. Creo que ahora todo va bien», dice.



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