SOBRECOGE ver cómo toda una generación de personajes notables desaparece de la Calle Real, sin sustitución posible, marcando hitos en la historia de la ciudad, haciendo de su obra recuerdo y patrimonio común.
Uno, que ha sido muy afortunado, ha aprendido las cuatro reglas del arte y de la vida de la mano y presencia de colegas como Faustino Román, pintor en el amplio sentido del término, que empieza en la brocha gorda, continúa con la decoración de fachadas y sigue, de manera natural, con la expresión del alma sobre el papel.
La brocha gorda tenía su misterio cuando era dada con el esmero y cuidado debido, cuando las pinturas se hacían a mano y las mezclas a ojo, sin plástico ni ordenador.
La decoración de fachadas era otra cosa: no solo era saber emplear silicatos y mezclas duraderas a partir del material más natural; se trataba de interpretar y sintetizar molduras, recercados, sillerías, entablamentos, sabiendo por dónde viene la luz, cómo se refleja y las sombras que produce; teniendo en el ánimo el sentido del volumen y el conocimiento de cómo puede jugar en el ambiente luminoso.
El papel es, casi, otro mundo. Aprovechar conocimientos de oficio muy singulares para expresar emociones que ni uno mismo sabe por donde llegan, en ese fenómeno eterno que hace que la obra supere, aparentemente, al artista.
Faustino Román, colega y amigo desde la infancia, ha sido mi referente en muchos aspectos de la vida, a partir del elemental del afecto entrañable, auténticamente sentido y expresado. Creo que, cuando le llegó la terrible enfermedad del olvido paulatino, fui de las últimas personas a quien reconocía. Todavía me afecta su alegría en nuestros encuentros.
Uno ha conocido a casi todos los Romanes; alguno de ellos, quinto y compañero de paseos, el querido Antonio, auténticamente malogrado. Con Faustino a uno se le desgarran todos a la vez. Más aún, toda una época de relaciones, afectos, alegría de vivir y sentido de la ciudad, se va hacia alguna parte dejando en el aire un no se qué, como sentía Juan de la Cruz.
Colaboramos en las tres últimas fachadas que pintó, en las que se recuperó una forma de hacer perdida en la ciudad: en la plaza de la Merced, en la calle Verdugo y en la calle Doctor Velasco. Poco después, Faustino se dedicaba de lleno a su arte creativo, sus exposiciones de vez en cuando y, en una temporada, su visita semanal a la tertulia de Radio Segovia, donde le vimos caminar imperceptiblemente hacia esa luz que ha de haber tras la consciencia.
Mi abuelo escultor escribía que dibujar, pintar, era un camino para la bondad. Probablemente al discurso le faltaba traba filosófica. Lo que no le faltaba era razón.
Faustino era, sobre todo, un hombre bueno al que su grande y múltiple profesionalidad ayudaba a la bondad. Ya te añoramos, querido colega y cuando nos volvamos a ver ya hablaremos de todas estas cosas y de lo gratificante que será hacerse recuerdo emocionado cuando se ha sido ciudadano bueno. Fíjate de que manera tal dulce has pasado a ser patrimonio de la ciudad.