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Lunes, 13 de febrero de 2006
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CRÍTICA DE TEATRO
El efecto boomerang
Eloy Arenas, en la representación llevada a cabo el pasado sábado. / ANTONIO TANARRO
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LOS CABALLOS COJOS...
Autor: Luis del Val.

Director: Antonio Mercero.

Actor: Eloy Arenas, acompañado por la violinista Andrea Szamek.

Productor: Jesús Cimarro (Pentación Espectáculos).

Sala: Teatro Juan Bravo.


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DE tanto recurrir a él, el semillero de monólogos va a quedar exhausto y llegará un día en que ese favor del público con el que cuentan generalmente se desvanecerá, y entonces se producirá una selección natural de la especie, tras la cual únicamente quedarán en escena los mejores, los que realmente aportan algo singular al género.

Falta perspectiva temporal para vaticinar si 'Los caballos cojos no trotan' estará entre los elegidos, si bien lo más probable es que se quede en un estadio intermedio, donde reposan los correctos, por encima de las humoradas grotescas y por debajo de obras más valientes e innovadoras.

Su principal activo es la terna que lo sujeta y que está formada por tres nombres populares que no necesitan muchas presentaciones: la dirige Antonio Mercero, la escribió Luis del Val y la protagoniza Eloy Arenas. La producción apunta por tanto a la comercialización a golpe de imaginario colectivo trabajando con mimo el envoltorio mientras espera qué sensaciones genera el regalo que contiene.

La obra se desliza a través de dos relatos paralelos que terminan siendo convergentes: por un lado, la historia personal del protagonista, Miguel, un cincuentón de vida vertiginosa que hace memoria de su existencia después de asistir a varias tragedias familiares; por otro, el retrato de la sociedad española, de sus tambaleos en la época de la transición, la llegada de la democracia y la generación de nuevos ricos que amamantaron la corrupción y el compadreo.

Miguel fue un niño rebelde en el seno de una familia humilde que fue empujado a la aventura americana por un brutal desengaño amoroso. Tras un periodo de miserias y humillaciones, logra hacer fortuna y regresa a España, donde se reencuentra el paisaje que dejó atrás hace decenios: sus padres, su antigua pretendida, sus viejos amigos. Ellos no cambiaron mucho pero sí lo hizo el país que abandonó, convertido ahora en un paraíso para los 'pelotazos 'donde él se introduce a golpe de planes parciales, viviendas protegidas y recalificaciones.

Luis del Val presenta primero la cara triunfadora del protagonista pero pronto comienza a desgranar, en una cadena imparable hasta el final de la obra, las desgracias que salpican su éxito y que definitivamente lo llevan al traste. Su hijo drogadicto, su esposa recluida en un psiquiátrico y él mismo son los caballos de los que habla el título, animales inservibles a los que la sociedad aparta. El 'pelotazo' termina propinándole un buen golpe en la cara, como un boomerang lanzado sin prevención.

Ejercicio completo

La trama y las subtramas en las que se apoya el escritor y periodista aragonés permite a Eloy Arenas realizar un ejercicio de actor completo, le reta a limar histrionismo en su faceta cómica y a ser creíble en el drama. Si lo consigue o no es opinable, aunque lo cierto es que sujeta bien las riendas del personaje y aguanta la soledad en el escenario, rota solo por la presencia de una violinista encargada de la banda sonora en directo. En cuanto al resto de elementos, es significativa la presencia de sillas en el escenario y el aprovechamiento de su capacidad evocadora: la de barbero como trasunto de su padre, las dos butacas de cine en recuerdo a los amores adolescentes, el sillón de cuero del ejecutivo, la zancuda donde comía su hijo cuando era pequeño. Iluminando cada una de ellas, la narración atravesaba sin dificultad los distintos tiempos del relato.

El público, que llenó el patio de butacas, aplaudió con ganas al final del espectáculo, esta vez con ovaciones reservadas al autor, que por lo visto levanta pasiones.



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