HACE casi dos años, Jorge Vidal tituló una de sus exposiciones 'El jardín de invierno', una etapa -porque el pintor no hacía series, sino que, sin rupturas violentas, daba un nuevo paso en su recorrido artístico- marcada por cuadros de gran calidad plástica e indiscutible belleza. Obras que parecen guardar un misterio y que encierran una cierta melancolía entre el equilibrio de las formas y la riqueza de los colores.
Luego, algunas de esas pinturas de flores y plantas han estado en el Monasterio de Nuestra Señora de Prado en la exposición retrospectiva que le ha dedicado la Consejería de Cultura y que actualmente acoge Salamanca. Allí estaba también 'Valparaíso', aguafuertes de 1964 con calles y casas en blanco y negro que recordaban el lugar en el que nació el pintor y auguraban de alguna manera los caminos artísticos por los que luego iba a caminar. Ya entonces se intuía una ruptura con todo lo anterior, porque Vidal, que ha hecho siempre una obra distinta y personal, representó enseguida una nueva forma de enfrentarse con la realidad, trascendiéndola o expresándola en un juego de manchas y colores que provocan la emoción.
Por eso, cuando en 1976 detuvo su camino en Valladolid, este pintor internacional encontró enseguida seguidores. Y es que hizo una revolución pacífica que rompió los esquemas artísticos de una ciudad un tanto adormilada en el pasado. Y por eso, también, otros grandes pintores le reconocieron enseguida como uno de los suyos.