nortecastilla.es
Lunes, 13 de febrero de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares     Página de inicio
PORTADA ACTUALIDAD ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
EL TIEMPO
LO + BUSCADO
Oposiciones
Cursos On line
Inglés
Ofertas de viajes
Antivirus
SMS gratis
Alquiler de pisos
Recetas de cocina
AUDIENCIA
OPINIÓN
ARTÍCULOS
La felicidad de las hienas
A esas horas de la madrugada, cuando la diversión corre a raudales en todos los garitos de la ciudad porque es sábado y todo está preparado para que la noche interminable arrope a sus jóvenes protagonistas, me instalé ante la televisión para volver a ver el pase de la película de Luis Buñuel 'Él'. Eran los días de las últimas navidades, monstruo de estulticia y resignación; la película ya me la sabía, pero me llamó la atención una de las afirmaciones del protagonista: «Me hace daño la felicidad de los tontos». Esta y otras declaraciones de semejante calado le allanaron el camino para conquistar a la prometida de su amigo, la misma que después le hará tan desgraciado e infeliz como para acabar en un monasterio de monje errático y recalcitrante.

Días navideños: se desean felicidades por doquier, se regala felicidad a cualquiera, se anuncia toda la felicidad habida y por haber, se vende felicidad y, por si no era suficiente, se rebaja la felicidad durante el mes de enero y febrero para ser, si aun cabe, todavía más felices. Hoy, en la sociedad a la que por fortuna pertenecemos, felicidad y consumismo van inseparablemente unidos; su separación es imposible a no ser que se cortase la vía que nos lleva de una a otro: la publicidad. Se anuncian productos, servicios, formas de vida que nos harán muy felices si los poseemos en el sentido más burdo de la posesión: comprándolos. Y a eso se dedican, sobre todo, los días navideños: a comprar, a consumir, a ser más felices.

Parece que cada año es mayor el desprestigio y malestar que genera el ya larguísimo período navideño y su vorágine consumista. Pero este malestar, desazón o simplemente tristeza que espolvorea las conciencias durante esos días no va más allá del cacareo amigable en la mesa del restaurante. La máquina felicidad/consumismo está siempre muy bien engrasada, en especial esos días, por la maravillosa y abundante publicidad que inunda los medios de comunicación. La más mínima subversión contra el sistema, posible o imaginada, está condenada al fracaso. Es necesaria la felicidad de los tontos, que decía Buñuel.

Resulta inabarcable la bibliografía acumulada sobre algo tan ambiguo e impreciso como el término felicidad y hay teorías sobre ella para todos los gustos. Es cierto que no ha tenido buena prensa, ni como estado vital del que presumir -Goethe, por ejemplo, la consideraba como estado o ideal plebeyo-, ni como modelo artístico: casi siempre las grandes gestas y sus heroicos personajes se mueven entre la desgracia y los finales desdichados. ¿Qué sería del joven Werther, de Ana Karenina, del mismo don Quijote, de la Bovary, del desamparado Hamlet inundados de felicidad? Y sin embargo Hoy la felicidad se ha convertido en mito y espejismo universal.Todo el mundo intenta y se considera con derecho a ser feliz. ¿Cómo y para qué? Las respuestas o remedios, que antes las tenían los predicadores, ahora las dan los farsantes y prolíficos autores de los denominados libros de autoayuda y los gurús de las grandes agencias de publicidad.

Yo creo que el hombre es un ser destinado y obligado a la infelicidad. Me parece que su única felicidad, posible y asequible es la que el filósofo G. Bueno denomina «felicidad canalla». Por ejemplo, la de los mendigos de la famosa cena en la película de L. Buñuel 'Viridiana'. Digamos que es la felicidad que incorpora el instinto de las hienas carroñeras: como no pueden disfrutar de la gran presa, de la gacela, aprovechan el descuido del león o el leopardo para arrebatarles un bocado o los despojos.

Humanamente hablando, si no es posible y no podemos alcanzar un estado de felicidad total y continuado ('la gacela'), persigámoslo con instinto de hienas, pillemos los despojos, saltemos sobre 'el carpe diem', atrapemos a dentelladas el placer inmediato (consumidores satisfechos) y pongamos la biología como meta y límite de satisfacción.

Habrá quien piense que todo lo anterior encierra una concepción degradada de lo que debería ser la felicidad. Es posible, sobre todo si la comparamos con la que tenían, por ejemplo, los ilustrados del siglo XVIII: para ellos consistía en vivir mejor, y eso se conseguía en la medida en la que el saber racional guiaba la vida de los hombres: más saber, más felicidad. No solamente la racionalizaron, es decir, la convirtieron en algo de sentido común, sino que también la democratizaron puesto que todos, y no solo los de siempre, tenían derecho y podían conseguir la ansiada felicidad: el saber era el camino; 'La Enciclopedia', el instrumento; el maestro, el nuevo sacerdote. ¿Dignas y esperanzadoras intenciones!

Pero estamos en el tiempo de los saldos, de los despojos, de la felicidad canalla en un país de grandes rebajas sobre todo en lo referido al negocio del saber y la educación. Es la época de los mínimos: conocimientos mínimos, nivel mínimo, alumnos mínimos, esfuerzo mínimo, autoridad mínima... No hay que rasgarse las vestiduras; conviene mirar al tendido y, con la sonrisa cínica de quien ya tiene un pie en el estribo, reflexionar, por ejemplo, sobre el informe 'Juventud en España 2004' y el 'Informe PISA' sobre la educación en Europa. En el primero se dice que los jóvenes españoles son los que manifiestan el grado de felicidad más alto de Europa y en el segundo aparecen con el índice más bajo de lectura y el más alto porcentaje de fracaso escolar.

Espero que estos jóvenes sigan siendo tan felices como imagino que lo son a estas horas de la madrugada observándolos en uno de esos escenarios de la noche convertido en campo de batalla; y que no lean, porque si lo hacen se pueden encontrar con un tal Jorge Luis Borges que dejó escrito: «He cometido el peor de los pecados, no he sido feliz». Lo que nos faltaba, la infelicidad no ya como error, que se podría corregir, sino como pecado que te lleva a la condenación eterna.



Vocento