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Jueves, 9 de febrero de 2006
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La casa del poema
ESTAMOS de enhorabuena. En el último año hemos asistido a un despliegue asombroso y gratificante de metáforas, versos y pétalos de plata. Hace doce meses, aproximadamente, celebramos la presentación de 'Teoría de la luz', poemario alucinante, hipnótico y conmovedor de Eduardo Fraile Valles, poeta mayor que convive con almas ninfómanas y errantes, con rosas transparentes que huelen sin olor y con arbolitos que se parecen a Laura Morante; y ahora, un año después, José Manuel de la Huerga nos regala su particular casa del poema, un texto voluntariamente dormido, mimado en barrica vieja como el buen vino y arrebatado de palabras que llegan desde muy lejos, de canciones como cuchillos, de días ladrones que roban la luz a la noche cada noche. Ambos han atracado sus versos en los muelles ya míticos de la editorial Difácil, verdadero punto de referencia de la literatura en Valladolid desde hace casi una década. Además, andando el camino, otros poetas como Fernando del Val o Gabriel Candau se han unido al festín en un año, sin duda, repleto de poesía de muchos quilates. El primero, también en Difácil, y parapetado tras una hermosísima cita ('La belleza salvará el mundo'), nos ha enseñado un amanecer en Damasco que hubiera hecho las delicias de Lawrence de Arabia, de un Hemingway fundido o de un Nietzsche maratoniano. Acaba de ganar el premio Ateneo joven de poesía y ya ha comenzado a pescar palabras con desparpajo, talento y memoria mitológica. Candau, inolvidable cofundador de Difácil, llega como ganador del Premio de poesía convocado por la Academia Castellana y Leonesa de la Poesía y sabe vestirse, como nadie, con el disfraz del recuerdo como segunda piel, nos atemoriza con sueños desenfrenados que nos devoran y viene hasta nosotros con el 'nevermore' en los labios, pintando cielos de color mentira y entonando lánguidamente el 'Chelsea Hotel' de Leonard Cohen. Eduardo vuelve a casa siguiendo unas miguitas de luz, sale a resguardarse a la calle porque llueve dentro de los bares y nos enseña a hacer nudos que nunca se desatan. Fernando nos grita que somos pasado, que hay que leer hacia atrás, que las palabras gustan de ser vistas y para ellas las faltas son, sobre todas las cosas, delitos. Gabriel nos embalsama con un oriental perfume de asesinos, nos compra una entrada en primera fila para asistir al teatro íntimo de la pasión y nos escupe el bálsamo veneno de los recuerdos. José Manuel nos presenta la piedra azul de los sueños, persigue nubes, juega a ver quién resiste más sin respirar y tira piedras contra el viento. Los cuatro conocen el misterio de la poesía, las cicatrices de los recuerdos, las huellas de los espejos y saben esprintar tanto en las cenizas de Babilonia como en el cráter de un volcán. Eduardo pasea en barca por la bahía de Corinto con Marcel Proust mientras sonríe junto a una ciudad vestida de primera comunión; Fernando bascula entre voces meninas y cantos homéricos bajo el mismo amanecer sobre Damasco; José Manuel nos escribe desde el acantilado de las gaviotas locas, deja que la luz se filtre entre sus dedos y nos enseña que una ausencia nos acariciará todos los días. Gabriel, en fin, desde su particular melé, nos abruma con algunos versos hermosísimos: «Para amarte de verdad, me convertiré en sombra, para no tener que hablar contigo»; «asomado al balcón del recuerdo te veo pasar, bajo una lluvia de tristeza. Indiferente, chapoteas en los charcos del amor»; «quisiera poder escribirte como te abrazaba, sin vergüenza ni culpa, pero con toda la conciencia de pecar».

'Teoría de la luz', 'Amanecer en Damasco', 'Procedimientos para dar valor a las palabras' y 'La casa del poema', un póquer asombroso de versos como espadas, de infinitos violoncelos entrelazando saudades, de vientos infernales que enardecen los recuerdos, de sueños de sirenas. Eduardo, Fernando, Gabriel y José Manuel, cabronazos poetas. Ellos viven, comen, beben, aman y sonríen en la casa del poema. Conocen el esplendoroso perfume que emana de las paredes de la casa del poema. Llevan piedrecitas, de una esquina a otra, en la casa del poema. Son purititos poetas, vaya. Qué envidia.



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