YO no sé por qué, a medida que me voy haciendo mayor, me va interesando más la historia. Esa disciplina, como ustedes saben bien, es la que narra cómo todo lo que nos precedió se fue transformando -cuando no destruyendo- para dar paso a una realidad absolutamente distinta. Yo a menudo me quedo sorprendido ante esos cambios tan drásticos: cómo es posible que aquella Atenas de Pericles -donde, en un puesto callejero, podíamos detenernos a charlar con Platón, con Fidias, Sócrates, Heráclito (ya sé que este es un poco anterior, pero han pasado dos mil quinientos años, qué más dan unos pocos decenios), Anaxágoras, Heródoto - pudiera pensar un día que iba a desaparecer. No faltarían voces autorizadas que desde el ágora asegurasen a los atenienses que aquello sería para siempre -como los mil años del Reich prometidos por Hitler, cada día tiene vocación de eternidad, sin caer en la cuenta de que el sol siempre se oculta-, que el poder político, militar, cultural y económico de Atenas no tendría vuelta atrás.
¿Y quién les habría dicho a los orgullosos romanos, a alguno de sus senadores más famosos, que todo el Imperio se vendría abajo como un castillo de naipes? Ignoro si los hombres son conscientes de esas catástrofes; si algún persa, o antes un hitita, un ateniense, un romano, un cartaginés se dio cuenta de que vivía el ocaso de siglos de esplendor. Quizá hubo algún español, pero nuestra decadencia duró tanto, que lo que se llamó Desastre fue, en realidad, liberación. O tal vez estemos repitiendo esos días de ocaso: las afueras de Roma también se poblaron de villas fortificadas; sus calles, de inseguridad; sus fronteras, muy transitadas; los mercenarios, encargándose de las tareas más básicas. No sé, pero intuyo una debilidad que encuentro en los libros de historia. Y me lleno de inquietud porque yo, a diferencia de muchos de mis contemporáneos, no pienso que nosotros, en el siglo XXI, seamos más listos que todos los que nos han precedido ni que estemos a salvo de los peligros que a ellos les atacaron.
Por ejemplo: nos puede matar la estupidez, la absurda benevolencia que atribuimos a la civilización y que nos conduce atados de pies a manos hasta aquellos que deciden convertirse en nuestros verdugos. Las democracias actuales -pienso en buena parte de las europeas- han tomado la decisión de no defenderse ante la intolerancia y basta con que alguien decida romper las normas que seguimos teniendo como sagradas para que se nos venga abajo todo el tinglado. Miren, si no me creen, el zipizape que se ha montado por el simple hecho de que un periódico danés haya publicado unas caricaturas de Mahoma. Imagínense qué habría sucedido si, como en Occidente, un libro como 'El Código Da Vinci' se hubiera convertido en 'best-seller'. El mundo del fanatismo islámico se pone en pie, quema banderas, promete venganzas propias de Saladino y el todopoderoso occidente se caga los pantalones y corre a pedir disculpas. Aquí -y se lo dice alguien que no cree para nada en el Dios del Vaticano- se critica duramente si los cardenales desaconsejan la lectura de algún libro tachado de irreverente -nunca se llega a la condena a muerte (ese camino ya lo recorrimos hace tiempo) como en el caso de Salman Rushdie y sus 'Versos Satánicos-'; y muchos de quienes eso censuran opinan que no se puede faltar al respeto a la religión del profeta.
Esa debilidad acabará matándonos, la no defensa de unas normas que sabemos justas y que se han demostrado bienhechoras. La verdad antes que la paz, clamaba Unamuno, pero muy a menudo esta Europa se baja los pantalones ante los vociferantes para mantener la casa en orden. Afortunadamente, en Francia -siempre Francia, bendita sea- hay gente que no quiere replegarse ante esa tiranía de la intolerancia y el fanatismo y reproducen la viñetas. Los demás seguimos en nuestras villas, fuera de Roma, alejados del tumulto, dejando las calles a los bárbaros. No nos lamentemos cuando caiga Bizancio.
Esta actitud tiene mucho de fariseísmo, una hipocresía rayana en el delito más abominable. Sobre todo si tenemos en cuenta que cuando llega la hora de la verdad nos ponemos en manos del gigante americano, somos simples secuaces de otro radicalismo igualmente peligroso, de un diferente integrismo. Para no mancharnos nosotros las manos, permitimos que el vigía de occidente, el gran hermano Bush, cometa carnicerías impunemente. La Europa civilizada, la de las bibliotecas, la de los intelectuales, la de la convivencia de culturas, es tan culpable como el elefante americano que hace añicos la cacharrería. Pero, eso sí, la crítica nos salva, atempera nuestras conciencias.
La cosa no pinta bien: el fanatismo islamista crece por doquier, nuestra cultura está amenazada seriamente o se radicaliza como sucede en EE. UU. y Europa tenía que jugar un papel muy diferente al que desempeña. Es buena idea esa de la alianza de civilizaciones, no lo niego, pero los cementerios están empedrados de buenas intenciones. Somos el rincón del mundo donde mejor se vive y eso no lo mantendremos -ni exportaremos- refugiados en la estupidez de lo políticamente correcto ni pidiendo disculpas por dibujar caricaturas. O Europa adquiere un papel protagonista y valiente o alguien, algún día, se preguntará qué sintió el último europeo libre.