COMO periodista y escritora ocasional -¿qué difícil, a veces, compaginar ambas actividades!- he tenido siempre un profundo respeto y amor por las palabras. También por las reglas que las unen, por ese entramado de hilos invisibles que las convierten en nuestra herramienta para comunicarnos y que, según convenimos todos, nos distinguen del resto de las especies que pueblan esta bendita tierra.
Desde niña tuve pasión por la palabra. Por la palabra escrita. Me encandilaban todos aquellos que armaban con ellas historias maravillosas, que me descubrían otros mundos con solo abrir las páginas de un libro y pasar mi vista por encima, que conseguían música -para mí, música celestial- juntándolas. El oficio me enseñó después a amar la palabra exacta, la palabra nutriente, la palabra profunda, aquella que, escondida, esperaba que la rescatáramos del olvido, de la desidia, del polvo que la pereza le había echado encima. Las palabras acompañan, cauterizan, acunan, divierten, protegen... Pero también hieren.
Claro... Ellas no son buenas en sí mismas. Ni malas. Ya Julio Cortázar nos avisaba de que en ocasiones pueden ser muy peligrosas, o engañosas, o traicioneras. Todo depende del uso que de ellas se haga.
Y últimamente detecto una falta de respeto sideral por las palabras. Se usan indiscriminadamente, con una falta de consideración, con una superficialidad que asusta. Abundan quienes las escupen arrogantemente sin atender a su significado, sin pensar en sus consecuencias, por supuesto, sin pararse a pensar si lo que dicen se ajusta a la verdad. ¿A quién le importa la verdad? ¿En qué impunidad se apoyan quienes así actúan?
¿En el desconocimiento? ¿En la absoluta certeza de que ya todo vale? ¿En el río revuelto en que hemos convertido todo?
Los políticos pueden ser un buen paradigma de esta corriente, de esta nueva tendencia que hace furor en las pasarelas de la vida social, pero no sería justo centrar nuestras denuncias sobre ellos. Generalizar debería estar penalizado, al menos, con una multa. Porque no todos los políticos son iguales, como no son iguales todos los periodistas o todos los fontaneros, aunque a algunos les resulte más cómodo descalificar así, a bulto. Y que siga la juerga.
Las palabras, y los hilos que las unen y contribuyen a construir la autopista por la que viajan nuestros mensajes, están llenas de rozaduras, de cortocircuitos, de baches. Han dejado de servir para lo que servían. De nada vale un argumento cuando lo que se devuelve es un grito. De nada sirve un diálogo cuando el interlocutor está sordo.
Los periodistas tenemos una responsabilidad añadida. Dejamos que sobre nuestras cabezas circulen palabras engañosas, inexactas, torticeras, envenenadas, ignorantes... y nos aprestamos a reproducirlas como si nuestra labor únicamente fuera la de ser altavoces, portavoces, magnetófonos sin cerebro.
Ah! Las palabras...