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Jueves, 26 de enero de 2006
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Bibliotecas en llamas
NUNCA es tarde para echar el lazo a la memoria, sobre todo si algunos insisten en arrojar sobre ella cenizas de confusión y buscan vestirla con ropajes infames. Ahora la memoria pasa, quizás, por uno de sus peores momentos. Emisoras pías y píos historiadores luchan por enredar, provocar y confundir. Por ello son tan importantes iniciativas como la de la Biblioteca Nacional que en estos días nos regala una exposición necesaria, impactante y reveladora. Bajo el título de 'Biblioteca en Guerra' asistimos al heroico espectáculo de unos cuantos bibliotecarios empeñados en salvar nuestro mayor tesoro durante la Guerra Civil: héroes en zapatillas, armados con manguitos y fusiles en forma de alfabetos, se encargaron de poner a salvo los libros más valiosos de nuestro patrimonio. Veintiocho bombas habían caído sobre la Biblioteca Nacional (una de ellas en la misma sala de incunables y libros raros), Benavente clamaba en el desierto («no hay palabras para condenar a obra destructora y feroz de quienes martirizan Madrid») y los bibliotecarios, día y noche, acarreaban sacos terreros para proteger los libros de las bombas incendiarias. El peligro de destrucción era cada vez mayor así que los libros debían hacer el petate y huir del acoso de las llamas. Aquellos héroes tienen nombre: Juan Vicens, Tomás Navarro, Jordi Rubio, María Moliner o la vallisoletana Teresa Andrés. Los mismos que durante la República habían protagonizado el mayor milagro de la historia en materia de bibliotecas al crear 4.457 en menos de tres años gracias al Patronato de Misiones Pedagógicas, una organización empeñada en llevar la cultura a los pueblos más recónditos de España, transportando cientos de cajas con libros en destartaladas camionetas, llevando el cinematógrafo y el teatro a todos los sitios y pariendo iniciativas tan modernas como 'La hora del cuento', los bibliobuses o las bibliotecas en cárceles. Con la Guerra Civil todo aquello no se vino abajo. Las actividades impulsadas por Cultura Popular tomaron el relevo llevando libros al frente, a los hospitales, combatiendo la ignorancia con el fin de derrotar al fascismo. El salvamento del tesoro se había convertido en una misión bibliotecaria en zona de combate. Sin embargo, ya sabemos que los golpistas finalmente se hicieron con el poder y su primera tarea fue desarmar de libros y de cultura a la gente, deshacer el camino andado. El expurgo de las bibliotecas se convirtió en el pan nuestro de cada día. Los gobernadores civiles, alcaldes y delegados gubernativos procedieron urgentemente a incautar y destruir todos los libros que no respondiesen a «los sanos principios de la religión y moral cristiana». La escuela tenía que volver a sus virtuosas costumbres: el besar la mano a los sacerdotes, el rezar el santo rosario, el cántico de la 'Salve' y la reposición inmediata de todos los crucifijos. A nuestros héroes, muertos o exiliados a esas alturas, les llenaron de mierda, acusándoles de inundar las escuelas de obras de carácter marxista y de organizar bibliotecas ambulantes a costa del Tesoro Público. Los nuevos torquemadas se encargaron de montar sus particulares autos de fe para «edificar a España, una, grande y libre», condenando al fuego, en actos públicos e indecentes, «los libros separatistas, liberales, marxistas, los de la leyenda negra, los anticatólicos, los del romanticismo enfermizo, los pesimistas, los pornográficos, los de un modernismo extravagante, los cursis, los cobardes, los seudocientíficos, los textos malos y los periódicos chabacanos». Nuestra paisana, Teresa Andrés, tuvo que exiliarse. Durante la Guerra Civil había perdido a su padre y a dos de sus hermanos. Luego, en el París ocupado, donde sufrió todas las penurias del mundo, murió uno de sus hijos. Llegó a celebrar la liberación de París, pero en 1946, a los 39 años, una leucemia pudo con ella. En los últimos días no se cansó de repetir lo mismo: «No hablaban de nosotros, nos borraron del mapa como si nunca hubiéramos existido: nos enterró el olvido». Ahora que la oscuridad de aquellos años sigue repitiéndose por varios puntos del planeta y que todo parece conspirar contra la memoria del hombre (las bibliotecas de Sarajevo o de Bagdad lo confirman) no podemos dejarnos enterrar por el olvido. Depende de nosotros.



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