nortecastilla.es
Miércoles, 25 de enero de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares     Página de inicio
PORTADA ACTUALIDAD ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
EL TIEMPO
LO + BUSCADO
Oposiciones
Cursos On line
Inglés
Ofertas de viajes
Antivirus
SMS gratis
Alquiler de pisos
Recetas de cocina
AUDIENCIA
OPINIÓN
ARTÍCULOS
Molesto
VA a resultar que los grandes escritores no son aquellos cuya obra perdura con el correr de los siglos, sino quienes siguen molestando después de muertos. Así pasa con Baroja. De entre todos los noventayochistas, modernistas, novecentistas y coetáneos, Pío Baroja es sin duda el que mejor ha soportado el paso del tiempo. Varias novelas suyas se reeditan con regularidad, son leídas y apreciadas por los lectores y permanecen en los programas de un bachillerato en el que apenas quedan vestigios de la literatura española pasada. ¿Podría decirse lo mismo de Azorín, de Unamuno -aunque ahora lo hayan aireado para sacudir polvos aldeanos-, de Pérez de Ayala, de Miró? Algo tendrá Baroja cuando todavía es capaz de agradar a los jóvenes que se acercan a 'El árbol de la ciencia' o 'Las inquietudes de Shanti Andía' y cuando los teóricos de la literatura lo colocan en la cumbre del arte narrativo, a pesar de los tópicos reproches contra sus supuestas zafiedades estilísticas. Se cumple este año el quincuagésimo aniversario de su fallecimiento. De acuerdo con los rituales conmemoratorios al uso, habría que esperar un sinfín de congresos, exposiciones, conferencias y actos diversos en su honor y memoria. Y especialmente en la tierra que le vio nacer, llámese San Sebastián, Guipúzcoa o País Vasco. Pues precisamente aquí es donde se ha rechazado estos días una propuesta para homenajearlo cumplidamente por vía oficial. Los opositores a la iniciativa han estimado que la talla de don Pío no alcanzaba para un homenaje individual y que lo mejor sería incluirlo en un paquete de reconocimientos protocolarios junto a varios hombres de letras no precisamente de primera fila nacidos en 1906. Como si lo echaran a una fosa común. Como colocándolo en uno de esos pelotones de funcionarios jubilados que una vez al año reciben del ministro o del alcalde correspondiente la palmadita colectiva junto con una placa y una croqueta. Tengo delante un ejemplar de 'Novelistas malos y buenos', la impagable guía para lectores virtuosos que dio a la imprenta el padre Pablo Ladrón de Guevara en 1910. En el apartado correspondiente a Pío Baroja advierte el jesuita lo siguiente: «No le cuadra el nombre de Pío, sino el de impío, clerófobo, deshonesto». El eco de aquel anatema definitivo ha acompañado a Baroja hasta nuestros días. Casi un siglo después Baroja aún incomoda incluso a quienes podrían haber aprovechado el paisanaje para colgarse medallas. No sé cuántos junteros de las Juntas Generales de Guipúzcoa habrán leído la obra de don Pío. Lo que sí parece evidente es que con su ninguneo han querido pasarle alguna vieja factura, sin reparar en que estas cosas acaban siendo la mejor invitación a leer al silenciado.



Vocento