VEINTE millones de SMS -mensajes escritos por teléfono móvil- volaron por el espacio de España en la primera hora del año 2006. Sonaban las doce campanadas de fin de año y millones de españoles estaban enviando sus mensajes de felicitación a la pantalla de otro teléfono móvil. Si esto no es una pequeña revolución, ¿quién sabe como definirlo? Tal vez mutación social y también vital. Con el teléfono móvil, vivimos de otra manera. También la competitividad y la riqueza mejoran con la tecnología. En el mapa del mundo, los países desconectados son los más pobres, los menos competitivos. Conectarse es competir y prosperar. Revolución informática y biotecnología van a confluir con una reinvención de la iniciativa privada y de la dinámica empresarial en el horizonte de la globalidad. Será territorio propicio para los países que incentiven la innovación, el libre comercio y la apertura de sistemas financieros. Para la empresa, la ventaja estará del lado de quienes dominen las nuevas tecnologías.
La economía será cada vez más invisible. Incluso los socialdemócratas ven que las políticas redistributivas y la presión fiscal de los años noventa son insostenibles: el Estado nodriza va a verse sustituido por una red de seguridad muy distinta a la garantía de asistencia desde que naces hasta que mueres. Estaremos en una época de gran crecimiento y de soberanía del individuo. Frente a los gobiernos que generan déficit crónico, el ciudadano-cliente reclama eficiencia. El comercio comienza a ser global, en el mercado electrónico, como el capital, dando vueltas al globo terráqueo por vía electrónica, según las pulsaciones en el teclado. Es el dinero digital.
Adam Smith insistió en que el orden social en que prosperan las instituciones de mercado es un orden donde los participantes del mercado han sido moralizados por la institución de la familia y la autoridad de la religión: el mercado no era en ningún sentido una máquina de generar riqueza al margen de los valores, sino un artefacto de la civilización, un dispositivo institucional que explotaba el auto-interés pero en cada momento se confiaba a las disciplinas de contención de la moralidad tradicional.
En todo caso, la obtención de bienes inmorales no es una exclusiva del capitalismo porque en cualquier sistema competitivo existen debilidades morales, para no referirnos a la erosión totalitaria. En comparación con los sistemas tradicionalistas o socialistas, el capitalismo inculca una escala especial de virtudes relacionadas con el tiempo, la autonomía personal, la iniciativa, la autoconfianza, la familia. De hecho, comienza con el avance de las instituciones que fomentan la creatividad, la invención y el descubrimiento. Es inmensa la fragilidad de las instituciones que el ser humano ha ido perfilando para, entre otras cosas, defenderse de sí mismo. Al mismo tiempo, es ingente la capacidad inventiva de los científicos y el uso de los recursos naturales, como es el caso del petróleo, bombeado día y noche, transportado a todos los lugares del planeta para que genere la energía que necesitan los trabajos y los días de la humanidad, a la espera de nuevos combustibles.
Puesto que se ha enjuiciado siempre el capitalismo por los resultados que iba dando, es poco equitativo que se preserve la ficción de valorar la aportación histórica del socialismo por los beneficios que hubiese ofrecido de haberse aplicado de forma correcta -es decir, ideal-. Esa es una de las falacias más persistentes de las décadas pasadas. Si el capitalismo no tuviese imperfecciones sería la única cosa perfecta sobre la Tierra. Por la misma razón, tan solo un exceso de entusiasmo puede negar que los mercados globales tengan fracturas o que las instituciones democráticas expresen opciones para un determinado control del riesgo económico, pero lo cierto es que, al contrario de cómo predijo Marx, las contradicciones del capitalismo no han procurado su destrucción.