AL ganar el Premio Nadal en 1947, yo caí en el mundo literario español como un meteorito, un pesado pedrusco con dos ojos ávidos, grandes, abiertos como platos para otear el horizonte. Conforme avanzaba en la caída, mis ojos iban acostumbrándose a ver un mundo devastado, con grandes hogueras dispersas y un olor acre entre pólvora y carne quemada. Era el paisaje después de la batalla. Los pequeños grupos que se concentraban ante las hogueras, de gente muy joven, estudiantes tal vez, me miraban de refilón y comentaban, «De qué nido habrá caído este muchacho?» ( )
Yo había venido, pues, a engrosar el mundo de los escritores más jóvenes, sin experiencias ni publicidad que me anunciara. Y a un bautista de las letras le dio por afirmar que yo era un escritor de la «inmediata posguerra» y con tal apelativo me quedé. Por mi parte no tenía otra alternativa que aceptarlo y, no obstante, iba conociendo a otros escritores de la misma generación, como Camilo José Cela, cinco años mayor que yo, Gironella, Arbó o Suárez Carreño, que nacían generalmente al calor del Premio Nadal, cuando no de su propio esfuerzo. De ellos hablo en este libro, pero con palabras escritas hace cincuenta años.