Ni catalanes ni castellanos y leoneses se ven sumergidos en una irreconciliable enemistad. Los salmantinos, y muchos españoles de fuera de Castilla y León, entrevieron en el asunto demasiada política, contraminada por inconfesables intereses. Un revuelto de compraventa de favores, trufado de esencias patrias y, lamentablemente, de recuerdos de venganzas fraticidas. Nada consiguieron los sensatos que pedían que se dejara a los técnicos, libres de partidismo, decidir sobre el destino de las cajas reclamadas por la Generalitat de Cataluña. Políticamente no fue posible el acuerdo; es probable que por las características del mismo fuera imposible una solución ecuánime. Concluida la historia, las aguas tienen que volver a su cauce. Que se potencie el Archivo de Salamanca con la adquisición del máximo número de documentos que están desperdigados y muchos de ellos en riesgo de perderse. Hacer el centro de referencia del siglo XX de este país. En lo que el Archivo toma cuerpo, los castellano y leoneses, como ya es habitual, demostremos que hace tiempo aprendimos la lección de la buena convivencia. El tema queda pues para técnicos y tribunales. Las protestas ciudadanas cumplieron su ciclo.