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Jueves, 19 de enero de 2006
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Parodia
CARLOS MARX corrigió aquella intuición de Hegel según la cual todo en la historia se repite dos veces y matizó que, bueno, sí, dos veces, pero la segunda como parodia. Eso fue a propósito de Luis Napoleón. No es original recordarlo ahora, pero sigue siendo actual, sobre todo cuando uno contempla el paródico retorno de Jesús Quintero a TVE. Esta semana comenzaba propiamente 'El loco de la colina' después de la gala de presentación con Rocío Jurado. El retorno del veterano presentador se nos había vendido, una vez más, como uno de esos gestos de distinción que tienen que devolver a la Pública su carácter de cadena seria, de calidad, de referencia; un discurso razonable, pero que TVE está interpretando bajo la discutible convicción de que hay que volver a la televisión de los años ochenta. Como primera evaluación, cabe la broma de Marx: Quintero ya no es el mismo, sino una autoparodia. Aquellos silencios que antaño parecían filosóficos, ahora parecen gags de humorista; aquellos visajes de esfinge que antes juzgábamos dramáticos -los ojos entornados, los labios estrechos como un horizonte de estepa-, ahora nos son tan impostados, tan artificiales, que nos resultan cómicos. Era como ver a Quintero imitando a Cruz y Raya imitando a Quintero. Todo en el programa se resentía de aire ficticio. Para empezar, la propia exposición de imágenes: entre cambios de decorado, cambios de invitado y cambios de vestuario, uno terminaba sospechando que esto no era propiamente un programa, sino un collage compuesto con trocitos de entrevistas anteriores. El mismo carácter invertebrado aquejaba a la selección de entrevistados. Los invitados convencionales fueron demasiado convencionales: Alejandro Sanz, Antonio Gala o Santiago Segura son personajes que ya, a estas alturas, no valen tanto por lo que dicen -porque todo lo han dicho demasiadas veces- como por la rentabilidad de su rostro, por el mero hecho de comparecer. Respecto a los otros invitados, los 'freaks', esas gentes del común que Quintero ha sacado de la calle para convertirlas en iconos televisivos, está claro que solo funcionan una vez y que no cabe repetición. No es lo mismo un Risitas presentado como bicho raro, como monstruo de circo, como variante televisiva del esperpento popular, que un señor Don Risitas presentado como héroe de masas. Este tipo de personajes adquiere valor en el escenario, pero lo pierde todo cuando se pasea por los salones. Respecto a la reacción de los espectadores, no ha podido ser más gélida: un 15,3% de cuota de pantalla.



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