Los lectores de periódicos deberán acostumbrarse a oír de ahora en adelante un nombre hasta hoy poco pronunciado fuera de Israel: Tzipi Livni, nombrada ayer ministra de Asuntos Exteriores del nuevo gobierno y que, con toda probabilidad, mantendrá la crucial cartera tras las elecciones del 28 de marzo. La noticia, para los observadores irónicos, es que aunque todas las carteras distribuidas han ido a manos de militantes de Kadima, el nuevo partido creado por Ariel Sharon, la de Asuntos Exteriores ¿no ha ido a manos de Simon Peres! Noticia considerable que podría ser corregida si tras el pronosticado triunfo electoral del partido el primer ministro, hoy interino y para entonces seguro titular, cambia de criterio.
Darle la cartera a Livni ha sido un mensaje, pero más aún no dársela a Peres, voraz consumidor de poder y atribuciones y a quien se ve mal en el gobierno haciendo de florero, así que se verá qué destino le espera, aunque siempre será algo relacionado con el sedicente proceso de paz. Tal proceso está parado, pero es un hecho que será reactivado en cuanto voten los israelíes y a la espera de qué sucederá con el voto palestino el próximo miércoles. Livni es de la parte del Likud que, algo es algo, se ha rendido conceptualmente a la necesidad de que exista un Estado palestino. No se aleja de lo sabido, pero intentará hacer un 'sharonismo' sin Sharon convencida de que -son palabras suyas- «en el plano internacional y en el contexto de la mundialización, la prosecución del conflicto juega en contra nuestra».