Dice Goytisolo que una cosa es ser español y otra muy distinta es españolear todo el tiempo. Pues eso, una cosa es ser segoviano, algo que no tiene remedio por más que te empeñes, y otra cosa es 'segovianear' todo el rato. Pero en este comienzo de año vamos a segovianear un poco para celebrarlo. Y es que la Real Academia ha premiado a un librero segoviano. Bueno, en realidad no es así, pero el segovianeo permite estas hipérboles. No es uno de esos libreros segovianos de hoy, casi heroicos, que hacen más interesantes con sus escaparates las calles de la ciudad, sino uno de sus antepasados, algo así como el tataratarabuelo librero. Un hombre que vivió hace quinientos años, que hoy se estudia en la Historia de la Literatura y que se llamó Hernando del Castillo.
Bueno, en realidad la Academia lo que ha premiado como mejor libro de 2005 es la edición de Castalia del 'Cancionero general' que en 1511 recopiló nuestro paisano, y que este año ha editado y estudiado el especialista Joaquín González Cuenca. Pero la oportunidad es excelente para segovianear recordando la figura de este emprendedor segoviano, que debería estar entre las figuras señeras de nuestra cultura, pero al que pocas veces se recuerda.
Porque este señor fue un adelantado a su tiempo, un visionario (algunos más ha dado Segovia, tipo Arias Dávila o Andrés Laguna) amante de la literatura al que le dio por recopilar en un libro los poemas y canciones que hasta entonces habían estado desperdigados por cancioneros, pliegos, hojas o en la memoria de lagente. Tuvo, pues, una de esas ideas que parecen muy obvias, pero que demuestran genialidad y, sobre todo, un gran conocimiento de la realidad de su tiempo.
Esta recopilación (que le llevó ni más ni menos que 20 años, otra lección de lentitud y reposo para el mundo de la cultura actual, donde a veces los ritmos meteóricos de creación y difusión los impone el mercado o la máquina de engullir novedades que es nuestro presente) tuvo un gran éxito y se convirtió en uno de los primeros best-seller de la literatura española. Es decir, este segoviano era una especie de Dan Brown lírico que facilitó a los lectores de la época una panorámica de la poesía de su tiempo. El cancionero fue muy bien recibido además por los poetas de la época, y se ha destacado la influencia de algunas imágenes de estas canciones y poemas en las obras de los mejores poetas posteriores, San Juan de la Cruz incluido.
Buena parte de ese éxito se debe al empeño de Hernando del Castillo, segoviano que imagino perseverante y obstinado, incluso un puntito cabezón, que buscó años hasta encontrar un empresario y un impresor con el valor suficiente para dar a la luz una recopilación así. Imagino a nuestro antepasado yendo de editor a impresor intentando vender esa idea luminosa, intentando fascinar a los empresarios de su tiempo para que editaran una recopilación de poemas, imagino sus argumentos para intentar venderlo, y la cara que le puso más de un editor. O sea, lo de siempre. Pensemos en las mesas por las que seguramente pasó el manuscrito mal mecanografiado de una historia protagonizada por un tal Harry Potter, o la primera vez que un editor oyó hablar de un tal Código da Vinci
Finalmente, Hernando del Castillo tuvo que irse a Valencia para encontrar apoyo empresarial. El éxito del Cancionero fue grande para la época: hasta 1.500 ejemplares se llegaron a vender de la primera edición, y después surgieron otras en Sevilla, Toledo o los Países Bajos (¿toma globalización!). Incluso dicen las crónicas (es como si ciertas cosas no cambiaran, sólo se transformaran) que llegaron a surgir ediciones pirata.
Todo un éxito, pues, el del librero segoviano, que le llevó, supongo que ni él lo sospechaba, a pasar a la historia de nuestra literatura. Ya ven la fuerza de una idea, pero sobre todo, de una convicción. Después, el libro sufrió la tortuosa historia de este país: dejó de editarse ni más ni menos que hasta 1882. ¿La razón? Pues que a la Santa Inquisición le pareció que no era un libro muy ejemplar. Afortunadamente, el tiempo ha devuelto la razón a la literatura.