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CULTURA
EDUARDO LAGO PREMIO NADAL 2006
«Te traicionas a tí mismo si das al público lo que quiere»
«Nunca me someteré al dictado del mercado; si no tengo nada que decir, no escribiré», promete el novel autor «'Llámame Brooklyn' es en algún modo un canto a la República»
Eduardo Lago posa tras ganar el Nadal con su primera novela. / J. MARTÍN-EFE
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PERFIL
Eduardo Lago: Doctor en Literatura por la Universidad de Nueva York. Profesor de literatura en el Sarah Lawrence College.

Lugar y fecha de nacimiento: Madrid, 1954.

Currículum literario: Se inició en la literatura por la vía de los cuentos. 'Llámame Brooklyn' es su primera novela.

El mismo azar que le condujo a Nueva York hace dos décadas le trae de regreso a España convertido en ganador del Nadal. Lo recibe con tanta sorpresa como orgullo Eduardo Lago (Madrid 1954), tras haber pasado cinco años «obsesionado» con 'Llámame Brooklyn', una novela de «amor, amistad, soledades y traiciones» que brinda a Enrique Alfau, el raro autor de 'Locos' que, como él, se instaló en Nueva York. Lago está decidido a entregarse al poder de la escritura, pero advierte de que no se rendirá a las leyes comerciales. «Si tengo algo que decir, escribiré. No me someteré al dictado del mercado», promete.

-¿De veras nunca se preocupó por publicar?

-Así es. Escribo desde siempre, pero nunca me preocupó publicar. Sí, quería aportar algo, dar con una forma literaria que me llevara a zonas no transitadas y así surgió esta novela, a dos voces, y fragmentaria. Creo que el fragmento es la condición contemporánea. Nada está claro para nadie, ni nadie posee la verdad. Como Cervantes nos demostró, la verdad se construye desde muchos lugares. Si hoy mi primera novela tiene el Nadal es por Antonia Kerrigan, agente literaria muy especial que la movió como mejor le pareció y la presentó al premio.

-¿Cómo ve el futuro de la carrera que abre el Nadal?

-La literatura hoy se debate entre la necesitad auténtica y radical de pureza artística y las necesidades que impone el mercado. Esta amenazada por la ley del mercado y la tiranía comercial. Los autores lo tienen muy difícil. Siento un enorme respeto por este premio y espero seguir adelante con cordura. Escribiré si tengo algo que decir, pero jamás sacaré algo porque lo pida el mercado. Falla quien intenta acomodarse al público. No hay que dar al público lo que quiere. Te traicionas a tí mismo. Es absurdo buscar el éxito. El Nadal es especialísimo para mí. Estar en la misma lista de Carmen Laforet, Delibes o Ferlosio, a quienes leí con admiración en la adolescencia, es emocionante. Pero nunca me presenté a un premio.

-¿Quién es Gal Ackerman, su protagonista?

-Un escritor, huérfano de la Guerra Civil que a los 14 años averigua que es español y conoce su origen y su identidad. Para él, escribir su vida se convierte en una necesidad, pero tampoco tiene interés en publicarla. A mí me pasó un poco lo mismo. Tras unos años en el periodismo y en la universidad y haber escrito unos cuentos, descubrí un mundo dentro al que tenía que dar forma.

-:¿Y se convirtió en una obsesión?

-Sí. Una obsesión de cinco años en los que he aprendido cómo se escribe una novela, a resolver los problemas técnicos. Lo mío era el cuento, pero la novela se convirtió en el centro de mi vida y de mi pensamiento.

-¿Es ambiciosa?

-Mucho. Trata de tomar lo mejor de la gran tradición americana de la que me he empapado. Busca transmitir cómo es la condición humana hoy, y me di cuenta de que necesitaba volver a la Guerra Civil. Me ví indagando, para mi propia sorpresa, en esa profunda herida que aún tenemos todos y que suponemos curada. Comprendí que los individuos no somos dueños de nuestro destino. Respondemos a las coordenadas históricas. Ahora que se cumplen 75 años de la República, estoy satisfecho de esa indagación. En cierta medida esta novela es un canto a la República y a la España peregrina del exilio. Arranca un 14 de abril, el día de la muerte de uno de los protagonistas.

Asuntos de siempre

-¿Qué temas aborda?

-La amistad, el amor, la lealtad y la traición en el marco de una intriga literaria. Es también un canto al poder y al misterio de la palabra escrita. Sigue el rastro de una búsqueda con varias historias entrecruzadas. La principal, la de un hombre sin raíces al que su padre explicará que estuvo en España con las Brigadas Internacionales, que su madre murió en el parto y que no pudieron dejarlo como huérfano. Regresa a España y como todos los exiliados, no solo políticos, es un hombre oscuro, habitado por unos demonios de los que se libra escribiendo. Se enamora hasta la locura de una mujer que es su alma gemela y a la que perderá.

-Al recibir el premio se acordó del 'raro' Felipe Alfau. ¿Por qué?

-Alfau es un ejemplo y un símbolo. No quería saber nada de nadie. Escribía a su aire. Nacido en Barcelona en 1902, instalado en Nueva York, escribió en inglés 'Locos', un gran libro finalista del premio nacional en EE. UU. en 1990 sin que él hiciera nada por publicarlo. Alfau hablaba de 'americaniards', la mezcla de americanos y 'spaniards'. Es mi referente.

-¿Ha sido muy exigente consigo?

-Es una obligación. La complacencia es el peor enemigo del escritor. Admiro profundamente a Philip Roth, que después de 20 novelas decía que no le veía la gracia al asunto pero que cada mañana se levantaba dispuesto a bajar de nuevo a la mina. Escribir es duro, pero cada página resuelta te impulsa a la siguiente.



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