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Domingo, 8 de enero de 2006
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En dique seco
TRES semanas en dique seco. Ese es el tiempo que ha durado el castigo impuesto por el calendario y por los mandamases de esta casa, que no han hecho absolutamente nada para evitar que un columnista de raza como yo haya estado tanto tiempo sin escribir. Tres semanas sin poder contarles nada de mis maravillosas navidades, de mi amigo Vicentín, de lo bien que lo paso comprando regalos y de lo mal que me siento cuando compruebo que los jodíos Magos de Oriente me han vuelto a dejar otra vez un jersey que tiene las mangas más cortas que mis brazos. Los demás columnistas han tenido más suerte que yo, porque aquí han seguido firmando todos ellos: desde Aniano a Fernando Rey, desde Javi Pérez a Colina, desde Anastasio a Candeal, pasando por Angélica, por Foces, por Guillermo y hasta Manuel Alcántara, al que tengo una tirria de campeonato porque él, con la edad que tiene, es capaz de echar siete (artículos) a la semana y yo las paso canutas para acabar uno, y eso que cuento con la ayuda de mi señora. Todos han seguido aquí menos yo y doña Rosa Regás, que espero que también se queje a la dirección.

Porque no hay derecho a que nos dejen sin columna, poniendo pegas tan absurdas como que los días en que ella y yo deberíamos haber publicado no se hizo el periódico porque era Navidad y Año Nuevo, dos fechas de suma importancia, pero no más importantes que otras. Como, por ejemplo, el día en que cascó Franco, o cuando llegaron al poder los míos, o el día que descubrí mis dos primeros pelos púbicos. Todas esas fechas son hitos para un servidor, sin que jamás haya sugerido su conversión en fiesta nacional, y mucho menos para impedir que salieran a la calle los periódicos, un artículo de tanta utilidad que es adorado por los políticos, engorrinado por la gente en los bares, comentado en los trabajos, iniciada su lectura en tantos y tantos excusados, y completada la misma en la cama, justo antes de que se nos caiga la baba y el ojo.

Gracias a la prensa sabemos quién las ha espichado el día anterior; qué insultos se dicen los políticos; cómo va lo del 'Estatut' o lo del tabaco; cómo era el jersey de Evo Morales, quién vende casas, ovejas, pacas de paja o leña seca. Cuánto cuesta un revolcón con una rubia atractiva y liberal, a cómo está el aceite de oliva en Carrefour, qué teléfono tiene un vidente africano con soluciones para los males de amores, la impotencia sexual y el prurito anal, que se hace notar cuando pica seriamente el trasero.Un periódico que contiene, en fin, doscientos o más anuncios de señoritas putas que ofrecen sus 'serbicios', que aunque estén así de mal escritos todos sabemos a qué se refieren.

Pero también estoy dolido con ustedes, los lectores, que ni siquiera se han manifestado en la calle pidiendo la vuelta inmediata de la Regás y del Canta, que nos hemos visto más solos que la una. Por su falta de respuesta se quedan sin saber cuántos langostinos se zampó mi suegra, o qué carita puso mi señora al ver el frasco de colonia. O con qué satisfacción he vuelto a encerrar en el trastero al Niño Jesús, obligándole a compartir la caja de zapatos donde duerme todo el año con restos de pan rallado, leñadores, ovejitas, gallinas, dos puentes de corcho, papel de aluminio, un portal destartalado y el 'caganet', que a pesar del tiempo que hace que trabaja en el belén sigue haciendo sus cosas en la calle, con lo cómodo que es sentarse tranquilamente en el trono mientras conoces las ofertas de los grandes almacenes, o repasas en el periódico la cartelera y las farmacias de guardia, que a veces vienen en la misma página. Todo eso y mucho más tienen otra vez ustedes en sus manos, pero desde hoy con una diferencia: que estamos doña Rosa arriba y un servidor a sus pies. A los de ella y a los de ustedes, faltaría más. Ya verán cómo se les hace más corta la cuesta de enero.



Vocento