«Rindo homenaje a la palabra, que es el material con el que trabajo»

Ángela Serna, en un parque de Vitoria, donde reside, en una imagen de 2011. /Rafa Gutiérrez
Ángela Serna, en un parque de Vitoria, donde reside, en una imagen de 2011. / Rafa Gutiérrez

La poetisa Ángela Serna presenta este viernes en Palencia su libro 'Máscaras para no enloquecer’

FERNANDO CABALLEROPalencia

Es salmantina, reside en Vitoria y mantiene desde los años noventa del siglo pasado una estrecha relación con Palencia, reforzada por su amistad con el poeta de Villarramiel Mariano Íñigo, que falleció en 2012 en la capital alavesa a los 64 años. Ángela Serna participó en la presentación en Palencia de la antología poética de Íñigo. Autora de una docena de libros de poesía, ya presentó en Palencia el anterior, ‘Solitudine’, y este viernes, 12 de enero, hará lo mismo con el más reciente, ‘Máscaras para no enloquecer’, a las 19:30 en la Biblioteca Pública.

–¿Cómo fue su relación literaria con Mariano Íñigo?

–Descubrí a Mariano Íñigo en el rastro de Vitoria vendiendo libros, y entablamos una amistad cada vez más fuerte. Coincidíamos en asuntos personales y asuntos literarios, colaboramos en varias actividades, lecturas..., pero sobre todo tuvimos una relación en lo personal. Él mismo se consideraba poeta maldito, al margen de esta sociedad de consumo y convulsa, pero llegó un momento en que su propio personaje de maldito que él mismo se había construido terminó pesándole un poco. Mariano Íñigo fue un grandísimo poeta, hecho a sí mismo, tremendamente culto, autodidacta, pero muy culto, que conocía prácticamente todo lo referente a la poesía y a la literatura universal.

–¿Cómo definiría su obra?

–Mariano Íñigo no se puede definir con un solo término. Poéticamente hablando, tocó todos los palos, cultivó una poesía más normativa, con su metro, su rima –escribió sonetos–, pero luego tenía otra poesía libre, de tono surrealista, crítica, social, inventaba lenguajes, ritmos... Mariano Íñigo era muchos poetas en uno.

–¿Y cómo define los ‘moñoños’ que creaba?

–Hubo un momento en el que sintió la necesidad de expresarse visualmente y recuperó algo tan elemental como lo que hacen los niños, que es hacer figuras y rellenarlas de colores, y a ese trabajo, que terminó siendo muy expresionista, lo llamó moñoño. En algún momento le sirvió un poco para ganarse la vida.

–¿Cómo empezó su relación con Palencia?

–Mi relación con Palencia empezó a finales de los años noventa a través del poeta Julián Alonso. Ambos coincidimos en una época en la que yo hacía poesía visual y él también. Me invitó a participar en unas jornadas de poesía visual y a partir de ahí se creó una buena relación entre él y yo, pero también con Palencia. He ido allí en varias ocasiones. El año pasado presenté mi libro anterior, ‘Solitudine’. Cuando presentamos hace tres años en Palencia la antología de Mariano Íñigo, conocí a Ana Willa, María Ampudia y otras personas que escriben poesía, y los lazos con Palencia se han ido estrechando.

–¿Qué significa ‘Máscaras para no enloquecer’ en su obra?

–Es un libro al que necesariamente tenía que llegar, porque es un homenaje a la poesía, al arte en general, a las palabras leídas durante mi larga existencia ya. Lo que yo llamo máscara para no enloquecer es precisamente eso, el arte, que permite en muchas ocasiones no dar el salto hacia el otro lado y quedarte anclada en la locura, perderte del todo. La posibilidad de seguir avanzando y peleando en este mundo en el que nos movemos tan complicado a mí me la proporcionan esas máscaras poéticas, pictóricas, arquitectónicas. Son mis máscaras para no enloquecer. Es un homenaje a los libros especialmente de poesía, pero también hay presencia de la música, la pintura...

–Habla de arte, poesía, música, palabra. Todo está enlazado, ¿pero qué hay por encima de todo ello?

–El libro tiene tres partes. La primera se llama ‘Somos aquello que leemos’ y es donde más se advierte el homenaje a los libros de poesía. Hay una buena cantidad de poetas que me acompañan y rindo homenaje a los libros leídos durante toda una vida, e incluso a los que todavía no se han leído. La segunda parte se llama ‘Sin ruido’, que sería el puente entre la primera y la tercera, y son reflexiones fundamentalmente, y la tercera, ‘Un Beethoven cualquiera en la novena’, donde hay referencias musicales, porque se escribió escuchando una serie de piezas de música. Es como un tríptico en el que música, poesía y pintura dejan ver algunas de esas máscaras de las que hablo.

–¿Por qué es necesario homenajear a la poesía, al arte?

–En mi poesía, desde el principio, está muy presente la palabra, la propia poesía. En este sentido es un poco metapoesía lo que he ido escribiendo. También están muy presentes la música, la pintura, los versos de poetas leídos. Poco a poco, todo me iba llevando a escribir este libro, que de manera muy explícita se rinde tributo a aquello que ha sido mi alimento, que ha formado parte de mi vida como el comer y el respirar, que es la poesía y el resto de manifestaciones artísticas. Rindo tributo a las palabras que es el material con el que fundamentalmente trabajo.

–¿Y cómo es la poesía de Ángela Serna después de haber leído todo lo que ha leído?

–En el libro, a modo de colofón, aparece un texto que viene a decir que entre un ahora y un tal vez nunca, poesía y vida, intermitencias del dolor, pliegues del sueño, paréntesis del drama, máscaras para no enloquecer. Mi poesía es palabra y vida, hablar de mi para encontrarme y hacer que otros, si llega el caso, puedan encontrarse así mismos. He llegado a la conclusión de que me ocurre algo como lo que decía Alejandra Pizarnik: creo que escribo para que no me suceda lo que yo temo. En este libro, los temas que se tocan son los que tocamos todos, pero está presente de manera recurrente el transcurso, la duración, los miedos, la soledad, el tránsito, la ausencia, el paso del tiempo... Es un libro que arranca con los miedos. Es una puesta sobre la mesa de los miedos.

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