«El oficio del montanero era muy duro y apenas daba para vivir»

Antonio Matías, con las publicacioens que ha escrito sobre Cevico Navero. /LUIS ANTONIO CURIEL
Antonio Matías, con las publicacioens que ha escrito sobre Cevico Navero. / LUIS ANTONIO CURIEL

Este antiguo carbonero de 79 años ha publicado cuatro libros en los que repasa parte de sus vivencias del pasado

LUIS ANTONIO CURIELCevico Navero

Antonio Matías Curiel ‘El Cerela’ tiene 79 años, es natural de Cevico Navero y desde hace cuatro años está realizando una importante labor documental relacionada con su pueblo natal. Un trabajo que se ha plasmado en cuatro publicaciones en las que recoge sus memorias y vivencias relacionadas con la vida en Cevico Navero: ‘Así era Cevico Navero, mi pueblo’; ‘Memorias de Antonio Matías ‘El Cerela’, carbonero y bracero de Cevico Navero’; ‘Memorias de un cazador de Cevico Navero residente en Deba’ y ‘Las memorias de Antonio Matías con historias de Cevico’. Unas páginas llenas de recuerdos marcados por la posguerra y la emigración, pues a los 24 años salió de Cevico Navero en busca de trabajo, dejando atrás su oficio de montanero, su pasado como fabricante de carbón vegetal en el monte.

-¿En qué momento decide escribir estos libros?

-Llevo ya varios años en esta aventura, pues quería dejar constancia de mis memorias relacionadas con Cevico Navero. Poco a poco fueron tomando forma, gracias también al apoyo de Luis Javier Calvo, que generosamente se prestó a corregir estas páginas. Son libros que nacen del corazón y están escritos para que todos podamos recordar parte de nuestra historia.

-¿Destacaría algún recuerdo?

-Son muchos los momentos vividos en Cevico Navero, por lo que son numerosos mis recuerdos de este pueblo. Recuerdo con agrado lo bien que nos lo pasábamos de chavales y las travesuras que hacíamos cogiendo frutas y animales. Hay un hecho que me marcó profundamente relacionado con mi oficio de montanero. Me encontraba limpiando unos bolos, que son los trozos de la madera de abajo, y me saltó una parte en el ojo tuerto. Esto fue decisivo para dejar el trabajo, pues pensé que era un aviso, ya que podía haberme quedado ciego.

-¿Y qué cuenta en sus libros?

-Son publicaciones con las que muchos se sienten identificados, especialmente los mayores, pues han tenido vivencias muy similares. Para las nuevas generaciones, muchos de los temas son totalmente desconocidos. En los libros recojo mis recuerdos del colegio, de las fiestas de la Paz y del Carmen, de la caza, del ambiente de las cuadrillas, del día a día del pueblo, de los oficios… También recojo los pagos existentes en el término municipal de Cevico Navero, las corralizas y fuentes. He incluido una recopilación con los apodos que existían en el pueblo cuando yo era joven. Todas las familias tienen su apodo y, normalmente, es el modo de conocernos en el pueblo. Yo me siento muy orgulloso de que me llamen ‘El Cerela’. Además ilustro los libros con algunas imágenes, muchas de ellas relacionadas con la historia de Cevico Navero y con canciones y versos que yo mismo compongo. En uno de los libros, hay un capítulo especialmente emotivo, que son mis recuerdos más tristes, en el que hablo de personas conocidas por la mayoría de los ceviqueños, muchas de ellas fallecidas.

-También es el impulsor de los talleres de adobes…

-Durante varios años, en la Semana Cultural, he organizado un taller para realizar adobes. En mi familia siempre hemos hecho adobes, por lo que conozco muy bien esta tradición adobera. Con este tipo de actos, hacemos que niños y jóvenes conozcan más a fondo los oficios de antaño, nuestras tradiciones y los juegos de la infancia, además de servir como recordatorio para los adultos.

-¿Cómo se hacen los adobes?

-En un primer momento, se cava la tierra, se echa agua y paja de trigo ya trillada y se pisa el montón de tierra. Después se deja reposar durante unas horas y se procede a la preparación de los adobes mediante los moldes, que pueden tener fondo o no. En Cevico Navero, este tipo de moldes se conocen como abancal y suelen tener una medida de 40 x 20 y 10 de fondo. Los adobes se dejan secar durante varios días.

-Pero no todo era trabajar. ¿Cómo jugaban los niños de su época?

-Junto al taller de adobes, practicamos algunos de los muchos juegos de nuestra infancia y los niños se quedan boquiabiertos. Nosotros hemos rodado el aro, girado la veleta por San Marcos, hemos jugado al cuadro, a pícala, al hinque, al juego del tin, al tanguillo, a la zirumba, a las canicas, a los alfileres, al burro, a los tres navíos y a castro hecho y bien derecho. También nos elaborábamos nuestros propios tiradores o tirachinas. Todos estos juegos están recogidos y explicados en los libros.

-Todos los años suele participar en la Fiesta de la Trilla en Castrillo de Villavega…

-Así es, pues me gusta colaborar con los vecinos en una fiesta que me parece especialmente emotiva y entrañable para dar a conocer a las nuevas generaciones cómo han sido nuestros trabajos en el campo. Hay unos versos que recogen parte de mis vivencias laborales: «Mi trabajo fue siempre de un obrero, siempre trabajé a jornal, para unos y para otros, a cobrar como me querían pagar. En primavera a la corteza, en invierno al carbón, en el verano a la siega, eso es lo que hacía yo».

-¿Qué recuerdos tiene del campo?

-Es algo que he vivido muy de cerca, con familiares y amigos, aunque también he hecho de agostero en verano y aprendí lo que es pisar la tierra. Cuando era niño, los labradores realizaban diversas tareas en el campo durante el año, como sacar piedra de las tierras, arar, sembrar, hacer surcos y muchísimas más. Para cada una de estas labores utilizaban un determinado apero o herramienta, que conozco perfectamente y que he recogido también en estos libros.

-En sus libros habla ampliamente de los carboneros…

-¡Por supuesto! Yo mismo trabajé de carbonero durante varios años y puedo constatar la dureza de este oficio, que apenas daba para vivir. Actualmente ha quedado en el recuerdo de nuestras gentes. Pasábamos largas temporadas en el monte, fuera de casa, por lo que teníamos que prepararnos la choza montanera. Dormíamos en una saca de paja sobre el camastro. Nuestro oficio nos permitía obtener el carbón vegetal, algo que aún hacen en algunas zonas de España.

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