Un dulce atardecer en Palencia

La plaza de San Francisco alberga una degustación de chocolate organizada por El Norte y Trapa

Centenares de palentinos esperan en la plaza de San Francisco para recibir su degustación de chocolate. / Marta Moras
MARCO ALONSOPalencia

«El chocolate no es un alimento, es un medicamento». Nadie se ha atribuido la autoría de esta frase, pero muchos son los que la ponen en práctica, y cientos de ellos se pasaron ayer por la Plaza de San Francisco para ‘medicarse’ con chocolate hecho en Palencia de la mano de Trapa y El Norte de Castilla.

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La degustación de chocolate se englobó dentro de las numerosas actividades organizadas por el Ayuntamiento de Palencia con motivo de la muestra gastronómica Naturpal, que, desde ayer y hasta mañana, está sirviendo para que los palentinos hagan patria a través de uno de los sentidos que más se disfruta en esta tierra: el del gusto.

Si hacer patria gastronómica es una de las metas de Naturpal, el Ayuntamiento puede estar seguro de que lo ha conseguido tan solo con escuchar a Juan Durán, que acudió a la degustación de chocolate junto a su mujer, Laura, y a su hijo, Manuel. «Esta es una gran iniciativa para que los palentinos nos demos cuenta de que los productos que se fabrican aquí tienen una gran calidad y tenemos que apostar por ellos», apuntó este vecino, cuyas palabras fueron refrendadas por el presidente de Chocolates Trapa, Gerardo Fernández. «Hay que consumir cada día los productos que salen de esta tierra porque son buenos y permiten desarrollarse a la provincia», apuntó el presidente de esta empresa ubicada en Dueñas en la que actualmente trabajan más de 120 personas.

Las colas que se formaron para hacerse con algunas de las 2.400 degustaciones de chocolate, con sus correspondientes bizcochos de la marca Noel, ocuparon buena parte de la plaza, pero la espera no se hizo pesada gracias a una música de caja y dulzaina que sirvió para amenizar un dulce atardecer en San Francisco. Dicha así, esta afirmación puede sonar a canción de Scott McKenzie, pero la llegada del ocaso en la tarde de ayer tuvo a las jotas castellanas como banda sonora mientras los asistentes se chupaban los dedos, literalmente.

Una de las vecinas que no pudo resistir la tentación de chuparse los dedos fue Julia Marín, que se acercó a la degustación con su marido, José Carabaza, «como todos los años». Parece que esta celebración ya es una tradición longeva, aunque no tanto como Julia que, a sus 76 años, asegura conocer el secreto de la eterna juventud. «Comer poco, dormir poco y trabajar mucho». Ese es el misterio para esta vecina, que ayer hizo caso omiso a su axioma vital para celebrar un dulce atardecer en San Francisco. Un día es un día.

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