El arte oculto de los sagrarios de Palencia

Antonio Rubio./A. Quintero
Antonio Rubio. / A. Quintero

Antonio Rubio, autor del libro 'La belleza escondida', destaca la altísima calidad de los tabernáculos litúrgicos

FERNANDO CABALLEROPalencia

Fue periodista de RNE en Palencia y director de la cadena pública en Castilla y León y en Málaga. Ya jubilado, Antonio Rubio comenzó en 2011 a colaborar con la Delegación Diocesana de Patrimonio Artistico, y ahora está reconocido por el obispo como colaborador del delegado, José Luis Calvo Calleja. Hombre sensible con la poesía y la imagen –ha realizado varios audiovisuales que combinan ambas especialidades, entre los que destaca ‘Palencia. Piedra a piedra’, basado en el poemario colectivo homónimo–, en diciembre del año pasado sorprendió con el libro ‘La belleza escondida’, en el que cataloga, analiza y fotografía las pinturas interiores de 57 sagrarios que se encuentran en 51 iglesias de 50 pueblos. El libro fue editado por la Diócesis de Palencia y la Fundación Las Edades del Hombre y ha tenido tanto éxito que acaba de aparecer la segunda edición, asumida en este caso por la Diócesis palentina.

–¿Satisfecho con la segunda edición?

–Estoy realmente contento con esta segunda edición del libro, y muy agradecido a la Diócesis de Palencia, que la financia. El mismo agradecimiento que expreso a la Fundación Las Edades del Hombre, que asumió el primer lanzamiento. En esta segunda hemos introducido dos mejoras sustanciales: la primera, la encuadernación cartoné, unas pastas rígidas que dan al libro más prestancia y al mismo tiempo mayor durabilidad y la segunda un papel con barniz acrílico brillo con lo que las fotografías cobran más viveza.

–¿Aporta algún dato más respecto a la primera edición?

–El contenido del libro es básicamente el mismo. Se ha hecho la revisión total de los textos para corregir mínimas erratas que se habían colado en la primera edición, una letra que falta, una coma mal puesta, un acento… nada sustancial.

–¿Desde que se cerró el libro ha encontrado otros sagrarios dignos de ser recogidos en el libro?

–Sí, uno de ellos el de Pino del Rio, con algún interés; y más importante, en la localidad de Dueñas, en San Agustín, unos valiosos restos de un sagrario de finales del XVI, con una muy rica decoración renacentista, de flores y aves de exquisito gusto y colorido. Sin embargo no ha sido posible incorporarlos a la publicación porque hubiera supuesto un sobrecoste muy elevado, difícil de asumir. No es tan simple como añadir cuatro páginas.

–¿Cómo fue su experiencia en la escritura del libro?

–Realmente muy enriquecedora. El trabajo fotográfico resultó mucho más dificultoso de lo que a simple vista pudiera parecer, pues tropecé con dos serios problemas: los brillos que producen los barnices de las pinturas y el espacio tan reducido. El interior de un sagrario es un cubo de tamaño muy similar a un horno microondas doméstico. Con mejores medios técnicos es posible manipular una cámara desde el exterior con un ordenador, pero yo tuve que echarle mucha imaginación para lograr los encuadres deseados. En cuanto a la parte literaria, la descripción exterior e interior de cada sagrario, ha sido menos complicada aunque me he visto forzado a resumir mucho para que el número de páginas no se disparase.

–¿Su libro ha revalorizado los sagrarios más allá de su trascendental función litúrgica?

–Tengo que decir con orgullo que sí. Uno de los sagrarios, el de Villota del Duque, se encontraba en un lamentabilísimo estado, comido interiormente por las termitas. Pues bien, este sagrario ha sido restaurado totalmente en la primavera de este año 2017 en el taller del Seminario Menor, fruto del convenio entre el Obispado y la Diputación. En este sentido puedo adelantar que en el taller actual se va a restaurar otro de los sagrarios que figuran en el libro, el del retablo mayor de la iglesia parroquial de San Andrés de Gañinas. Un tabernáculo semicircular, del primer tercio del siglo XVII. Y el de Quintanilla de Onsoña estará presente en la próxima edición de Las Edades del Hombre, ‘Mons Dei’, en Aguilar de Campoo.

–¿Por qué se pintaban el interior de los sagrarios?

–Todo tiene su origen en el Concilio de Trento que trata de salir al paso de las herejías luteranas respecto a la Eucaristía, haciendo de esta el centro de toda la vida del cristiano. Consecuentemente, los párrocos se empeñan en la dignificación del sacramento encargando la construcción de grandes tabernáculos, con la mayor riqueza posible tanto exterior como incluso interior, tratando de proporcionar a Dios un alojamiento de la mayor suntuosidad posible.

–¿Qué calidad artística tienen estas pinturas?

–Una altísima calidad en muchos de los casos, obra de autores de primera fila no siempre conocidos, aunque otras son más modestas y sin autor identificado. Puedo destacar la excelente obra Entierro de Cristo, de Pedro de Roda, en el sagrario de la iglesia de Santa María de Fuentes de Nava; las pinturas dejadas por miembros de la familia Espinosa en los tabernáculos de Melgar de Yuso, Robladillo de Ucieza y Nogal de las Huertas; el trabajo de Jerónimo Vázquez y Antón Calvo en el sagrario monumental de Santoyo; las pinturas de Miguel de Saldaña o la firma de Hernando de Ayala en la Última cena del interior del sagrario de Paredes de Nava, por citar algunas.

–¿Qué temas abordan estas pinturas?

–Son muy variados. Pudiera pensarse que por el lugar donde se encuentran tendrían que estar forzosamente relacionadas con el sacramento eucarístico, pero no es así. Bien es cierto que en la parte interior de la portezuela lo que predomina es la exaltación eucarística representada por la adoración de los ángeles al cáliz o copón conteniendo las especies sacramentales. Pero los más abundantes son motivos del ciclo de la Pasión del Señor: oración del huerto, flagelación, coronación de espinas, Cristo camino del calvario, crucifixión, Mater Dolorosa con cuchillos clavados en el pecho, la Piedad la Virgen con su Hijo muerto en el regazo, etc. Y es abundantísima, aunque más en relieve que en pintura, la escena de la Resurrección del Señor, que está presente en el exterior de la portezuela de infinidad de sagrarios.

–¿Se conocen los autores?

–Son más los anónimos que los conocidos. Esto puede deberse a que muchísimos pueblos hoy palentinos pertenecieron a la Diócesis de León. Son los de la zona de Saldaña, parte de la Valdavia y aún muchos de la parte norte de la Tierra de Campos. Esa circunstancia supone un obstáculo a la hora de tratar de bucear en los libros parroquiales buscando las obras y a quiénes se contrataban. Pero en cuanto a los autores conocidos, ya he citado algunos, los más importantes, al hablar de la calidad de las pinturas

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