20 años de la tormenta que sepultó un barrio en Palencia

El barrio de Pan y Guindas, tras la tormenta.
El barrio de Pan y Guindas, tras la tormenta.

El barrio de Pan y Guindas aún desconfía del arroyo de Villalobón

JOSÉ MARÍA DÍAZ DÍAZ

Comenzó a llover cuando todavía no habíamos pedido el postre. Celebrábamos mi cumpleaños en un mesón de Venta de Baños y nos habíamos propuesto demorar la vuelta al trabajo todo lo posible, porque, en principio, ese 15 de julio, pintaba bastante bien y no teníamos ninguna convocatoria esa tarde. Pero la intensidad de la lluvia empezó a preocuparnos y abandonamos con prisa el restaurante, para volver a Palencia lo antes posible.

Solo habían pasado unos minutos y ya podíamos darnos cuenta de que las cosas no iban a ser fáciles ese 15 de julio. En la entrada de la ciudad, el agua ya se nos colaba dentro del Ford Escort de Juanjo, que era viejo y las puertas ya no ajustaban como debieran. Cuando los camiones pasaban a nuestro lado, el coche, literalmente, navegaba sobre los carriles y no estábamos muy seguros de que no tendríamos que abandonar el vehículo en plena carretera.

Afortunadamente, no fue así, porque nunca llegamos a parar el motor. Viajaban conmigo los dos fotógrafos del periódico en aquellos días, Juanjo Ruiz y Merche de la Fuente. Él apretaba con fuerza el volante, mientras que ella, que había accedido al maletero desde los asientos de atrás para coger la cámara, disparaba casi sin control desde el interior del coche. Recuerdo que la lluvia era tan intensa que apenas se podía ver nada en aquellas primeras fotos.

Conseguimos entrar en la ciudad después de un angustioso viaje y ya en el periódico, nos dimos cuenta de que poco se podía hacer desde Palencia para contar lo que estaba sucediendo. Sin electricidad, sin teléfono durante buena de la tarde, sin informaciones oficiales, con un caos generalizado por toda la ciudad, resultaba prácticamente imposible (técnicamente así lo era, puesto que no podían ni encenderse los ordenadores) hacer un periódico.

Así que nos centramos en recabar toda la información posible, en establecer contactos con diferentes compañeros, amigos e informadores que estaban repartidos por toda la ciudad y agarramos los coches, con toda la prudencia del mundo, para salir hacia Valladolid, desde cuya redacción pudimos contar lo que pasó en la ciudad aquel 15 de julio, cuando una violenta tormenta de lluvia y granizo descargó en 57 minutos alrededor de 80 litros por metro cuadrado, un volumen brutal de agua, que fue creciendo paulatinamente a lo largo del día, puesto que siguió lloviznando toda la tarde y parte de la noche.

No fue fácil ordenar, condensar y priorizar todo el volumen de información que nos iba llegando a través del teléfono mientras intentábamos sacar adelante la edición desde Valladolid. El trabajo titánico lo hicieron Josune Olano e Isabel Calle, mientras, Rafael Rojas y yo, becarios en aquella época, nos enfrentábamos al resto de las páginas que nada tenían que ver con la tormenta.

Recuerdo perfectamente la conversación con el entonces delegado de El Norte en Palencia, Javier García Escudero, sobre el desalojo de los documentos del archivo municipal, situado en los sótanos del antiguo convento de las Agustinas Canónigas, en la Calle Mayor, y cómo iban llegando más y más relatos de destrozos, inundaciones en locales y garajes, canalizaciones desbordadas, subterráneos cortados, avenidas anegadas, tráfico paralizado... Un caos absoluto a lo largo y ancho de la ciudad, que estremecía, especialmente si se echaba la mirada hacia el hospital Río Carrión, que a pocos centímetros (quizá uno solo) estuvo de tener que ser desalojado por completo.

Y mientras nuestros ojos intentaban distribuirse por toda la ciudad, todavía no habían puesto el foco en el punto que realmente se convirtió en el más relevante de toda lo acontecido aquel 15 de julio de hace veinte años. El cierre del periódico fue caótico, con una sensación absoluta de haber dejado el trabajo a medias, pero poco más podía hacerse. La rotativa tenía que ponerse en marcha y no se podía esperar más.

Tras el cierre, mis compañeras regresaron a Palencia y yo seguí celebrando mi cumpleaños en Valladolid. Volví al amanecer y mi primer encuentro con la caótica situación de Palencia fue el anegado paso subterráneo de Los Jardinillos, que no tuve mejor idea que cruzar a nado para llegar a casa. Tras una ducha, me acosté derrotado y a los pocos minutos una llamada me devolvió a la realidad. Era la fotógrafa, angustiada, alarmada hasta el máximo, pidiéndome que me acercase urgentemente a Pan y Guindas porque los vecinos querían derribar las barreras de las vías del tren para desalojar el agua que había inundado el barrio.

No la entendí. No entendí una sola palabra. No comprendía cómo una tormenta fuerte, muy fuerte, y un poco de lluvia podían haber inundado un barrio. Al caer la noche, las zonas más afectadas eran la calle Obispo Fonseca y también la barriada de Laguna Salsa, en donde los vecinos tuvieron que ser realojados, pero no se hablaba de Pan y Guindas, apenas alguna referencia hasta ese momento.

Pero así era. Salí de mi casa en la avenida de los Vacceos a toda velocidad, todavía dormido y en pocos minutos habían desaparecido el cansancio, el sueño y la resaca. Toda la adrenalina de contemplar a los bomberos rescatando vecinos con sus escalas de las torres de Pan y Guindas y a miembros de Protección Civil con barcas y piraguas transportando personas o alimentos para los atrapados se me había disparado de inmediato. El caos absoluto había llegado a este barrio en silencio, casi con sigilo, durante la noche, con nocturnidad y alevosía, como se decía antiguamente en términos jurídicos. Alrededor de trescientos vecinos del barrio tuvieron que ser evacuados de forma urgente durante la noche, porque veían cómo el agua iba apoderándose de sus viviendas. Los garajes se hundían y los bomberos ya no daban abasto y solo estaban empezando.

La luz del amanecer trajo la realidad del barrio de Pan y Guindas a toda una ciudad que ya estaba totalmente conmocionada y apenas sabía cómo reaccionar. Comenzó en ese momento un trabajo frenético que ya no paró durante semanas. Yo tan solo era un becario, en mi segunda oportunidad de prácticas, como mi compañero Rafael Rojas, pero esos días nos curtimos como redactores de sucesos y emociones de una forma que nunca hubiera imaginado.

Pero al igual que aquella mañana en Pan y Guindas supuso un punto de inflexión absoluto en mi vida profesional, que en esos momentos estaba arrancando, también la inundación provocada por la tormenta del 15 de julio de 1997 produjo un cambio sustancial en la mentalidad de los palentinos, en la forma de entender su ciudad, de planificarla para el futuro, de fijar normas urbanísticas. Aquella inundación asentó en el alma de los palentinos la preocupación de que en cualquier momento puede producirse una nueva riada en la ciudad de Palencia, señalando nuevos ‘enemigos’ que hasta ese momento nunca se habían tenido en cuenta, como el arroyo de Villalobón, un pequeño cauce que prácticamente había pasado desapercibido para toda la ciudad hasta ese momento, puesto que fueron sus aguas las que produjeron el verdadero desastre.

Pero cómo es posible que un pequeño riachuelo, poco más que un torrente en algunas ocasiones, pueda provocar la inundación de todo un barrio, alcanzándose alturas de hasta dos metros de agua en algunas calles y plazas, sepultando hasta los tejados toda una manzana de viviendas unifamiliares, dejando a cientos de familias en la calle durante algunas jornadas y a decenas durante semanas. «La culpa la tuvieron dos colchones», llegó a asegurar meses después en un pleno del Ayuntamiento el concejal de Urbanismo, Jaime Herrero, del PSOE, cuyo partido se encontraba en la oposición cuando ocurrió la catástrofe. ¿Dos colchones? Sí, pero también una ingente cantidad de maleza y suciedad que se había acumulado durante meses en el cauce del arroyo y que fue acumulándose por el arrastre contra las rejillas que encauzaban este arroyo de Villalobón al alcanzar la ciudad, en los entornos de la actual Balastera.

Este entronque quedó totalmente cegado por los colchones y la suciedad y los miles de litros de agua que había asumido el pequeño cauce como consecuencia de las intensas lluvias de primera hora de la tarde y las que continuaron a lo largo del día, no solo en Palencia, sino en toda la zona sur de la provincia, especialmente en Astudillo y su comarca, de donde procede el arroyo.

El arroyo, completamente cegado en su entronque con la red de alcantarillado de la ciudad, comenzó a enviar sus aguas hacia el barrio de Pan y Guindas, en donde se fue acumulando, sin posibilidad de seguir a ninguna otra parte por la presencia del vallado del ferrocarril. Y así, primero los garajes, luego las calles, los portales, las casas, las tiendas los locales, todo fue llenándose hasta convertir el barrio en una auténtica Venecia de interior, por la que no resultaba muy aconsejable desplazarse si no era en barca, ya que al haberse anegado por completo la red de saneamiento todas las tapas de los registros habían reventado y las calles estaban llenas de trampas mortales en forma de pozos de alcantarillado.

Los efectos de la catástrofe se prolongaron durante días. Dos semanas después, muchas viviendas y locales de la zona seguían impracticables. Los paredes rezumaban agua (‘El lento goteo de los muros’, titulaba mi compañero Rafael Rojas quince días después) y muchas familias seguían realojadas con familiares o en hoteles.

Y aunque el paso del tiempo fue devolviendo el barrio a la normalidad las secuelas de la inundación del 15 de julio de hace 20 años siguen perennes en Pan y Guindas. Todavía hoy la mayor parte de sus vecinos, no los más jóvenes, desde luego, recuerdan con vívida intensidad el drama que se vivió aquel verano de 1997 y sus ojos aún se posan con desconfianza en el cauce del arroyo de Villalobón, que, aunque encauzado en algunos de sus tramos, mucho más limpio que antaño, desviado por un nuevo emisario bajo la ciudad de Palencia y con un entronque de mayor caudal y fácil limpieza, todavía siembra a este barrio de incertidumbre cada vez que se descarga una tormenta.

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