Las heridas del embalse de Riaño sangran en tierras palentinas

Vecinos del Valle de Riaño, poco antes de la proyección del documental ‘Mi Valle’, que puso el foco sobre esta historia en la Muestra Internacional de Cine de Palencia.
Vecinos del Valle de Riaño, poco antes de la proyección del documental ‘Mi Valle’, que puso el foco sobre esta historia en la Muestra Internacional de Cine de Palencia. / MARTA MORAS
  • Los vecinos del valle leonés realojados en Cascón de la Nava siguen añorando su pasado 30 años después de que el agua sepultara sus casas

Dicen que la mejor manera de limpiar una herida es ponerla bajo el agua, pero si permanece encharcada durante 30 años es imposible que cicatrice. Esta sentencia podría salir de la boca de cualquiera de los más de 2.000 vecinos del Valle de Riaño, que hace ya 30 años tuvieron que abandonar sus casas para que se construyera un embalse que pretendía regar 84.000 hectáreas del páramo leonés de Tierra de Campos. Como contrapartida por la construcción del pantano, las vidas de los cientos de familias que vivían en el valle se inundaron de dolor cuando fueron sacados de sus viviendas a la fuerza, un episodio que no se ha olvidado ni en Riaño, ni en Cascón de la Nava, municipio palentino en el que aún sangran las heridas de los desalojados.

Son miles las historias, los sueños y los anhelos que se ahogaron en Riaño un 31 de diciembre. La Nochevieja de 1987 no fue un día de fiesta para los vecinos de los nueve pueblos del Valle de Riaño, y es que ese día se cerraron las compuertas del pantano, solo un día antes de que entrara en vigor la directiva europea que hubiera convertido en inviable su construcción desde el punto de vista medioambiental. España entera miraba boquiabierta la televisión aquel fin de año en el que Sabrina nos enseñó más de la cuenta y, mientras tanto, los vecinos de Riaño no tenían ánimo ni para tomar las uvas, tal y como explica Angelita Rojo, una vecina de Salio. «Fue un fin de año nostálgico, en el que no me podía quitar de la cabeza que no iba a volver a ver el lugar en el que había nacido y en el que había vivido 19 años», recuerda Angelita.

El agua comenzó aquel día a anegar los nueve pueblos del Valle, pero el daño para estas familias estaba hecho mucho antes. El pantano fue proyectado durante el periodo de la II República, aunque las obras no comenzaron hasta 1965, con el levantamiento del muro de hormigón de la presa durante la dictadura franquista. Franco murió y el proyecto se paralizó hasta la llegada del PSOE al poder, momento en el que Felipe González, con Javier Sáenz de Cosculluela en calidad de Ministro de Obras Públicas, decretó el cierre forzoso del valle y el despliegue de un gran contingente de las Fuerzas de Seguridad de Estado para garantizar el desarrollo de las obras.

Los ochenta fueron años duros en el valle y una de las personas que más peleó contra el desalojo y el posterior derrumbe de las viviendas fue el ecologista Ramiro Pinto, que recuerda como si fuese ayer el 18 de julio de 1987, en el que las casas del pueblo de Riaño fueron derrumbadas y los vecinos, desalojados con violencia. «Estaba en el campanario con un chico del pueblo, César, y con mi pareja, Yolanda, y en el momento en el que los vimos entre la niebla, nos pusimos a tocar las campanas. En ese instante empezaron a llover pelotas de goma en todas las direcciones, fueron a por nosotros y nos obligaron a salir con los brazos en el alto», rememora Ramiro, que piensa que aquella lucha no fue en balde. «Fue la primera gran defensa de una cuestión medioambiental y se ha convertido en todo un icono», agrega con énfasis.

Aquel 16 de julio de 1987 se vivieron imágenes dantescas, como la de una anciana que lloraba desconsoladamente por haber sido sacada de su casa con las lentejas a medio hacer. Mientras, otros vecinos del pueblo peleaban a brazo partido con la Guardia Civil, como lo hizo la artista Carmen Sopeña, que tuvo fracturas en la costilla, la mandíbula y la nariz y además perdió la visión de un ojo en un violento desalojo que dio la vuelta al mundo.

La presión de los vecinos no sirvió para frenar los planes del gobierno y finalmente el embalse de Riaño se adueñó del valle y las personas que vivían en él tuvieron que buscar acomodo en otro lugar.

El Estado pagó a los expropiados y les ofreció la posibilidad de comenzar una nueva vida en Cascón de la Nava, dónde cada familia desalojada pudo adquirir una vivienda en unas condiciones especiales y, además, 18 hectáreas de terreno cultivable. Uno de esos vecinos que cambió las tierras leonesas de Riaño para vivir de la agricultura en Cascón de la Nava es Carlos Álvarez, natural del antiguo pueblo de La Puerta. «A mi padre le echaron de allí, le pagaron muy poco y, como a los demás, no le dieron nada. Mi padre tenía ocho hijos en aquel momento y, con el dinero que le habían dado por la expropiación, no le llegaba para comprarse un piso en la ciudad. Por eso acabamos en Cascón de la Nava, porque nos dieron facilidades para irlo pagando todo poco a poco», apunta Carlos Álvarez.

Decíamos al principio de estas líneas que, por mucho tiempo que pase, una herida no puede curar si permanece bajo el agua, y en poco menos de cuatro meses se cumplirán 30 años de aquella intervención de la Guardia Civil en Riaño. Los antiguos vecinos del valle no quieren rememorar aquellos momentos complicados del pasado, aunque no todos ellos fueron malos, tal y como explica la antigua vecina de Salio Angelita Rojo, que vio desaparecer su pueblo a los 19 años y se fue a vivir a Cascón, donde conoció a su marido, Javier Lera, que también recaló en tierras palentinas después de que su pueblo, Utrero, fuese desalojado para construir el embalse de Porma. «En las desgracias también se pueden encontrar alegrías», señala Angelita que, como tantos otros, tiene sus recuerdos debajo de los 664 hectómetros cúbicos de agua del embalse de Riaño.

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