El Norte de Castilla

Cachavas de Palencia de Guinness

Dalmacio Fernández, entre su colección de cachavas.
Dalmacio Fernández, entre su colección de cachavas. / EFE
  • Dalmacio Fernández entra en el libro de los Récords con sus 1.872 bastones labrados a mano

Dalmacio Fernández atesora en Saldaña la mayor colección de cachavas del mundo, 1.872 cachas de madera (cayado o bastón) labradas a mano por él mismo, una cifra que ahora certifica el Récord Guinness para premiar una afición a la que ha dedicado los últimos quince años.

Esa es la cantidad con la que ha entrado en el Récord Guinness, que hasta ahora estaba en poco mas de 600, pero desde que este jubilado palentino lo solicitó hasta que se lo han concedido, el número ha ido creciendo hasta las casi 2.200 cachavas almacenadas en el local donde guarda su singular tesoro.

Son cachavas, cachas, cayados, bastones o como quiera llamarse a ese palo de madera corvo en la parte superior que usaban los pastores «para prender y retener las reses», como dice la RAE, y que tradicionalmente ha servido de apoyo a los muy ancianos y no tanto.

No recuerda cómo empezó con esta afición a la que ha entregado más de quince años y muchas horas, a pesar de las quejas de su familia que nunca entendió por qué no se dedicaba a un hobby «mas productivo».

«Ahora, con el Guinnes, mi mujer y mis hijas están orgullosas y no dejan de contárselo a todo el mundo», asegura este jubilado recordando con una amplia sonrisa que a él «casi se le saltan las lágrimas» cuando los del Guinness se lo comunicaron por whatsapp.

Quizás tuvieron algo que ver en esta afición sus primeros años guardando ovejas en el norte de Palencia, o los 22 que permaneció en Alemania echando de menos a su pueblo o la frondosidad que abunda en la comarca de Saldaña.

No lo sabe decir con exactitud pero el caso es que un día, hará quince años, cuando todavía regentaba con su hermano el Café Galán, empezó a hacer las primeras cachas tirando de los recuerdos de aquel niño de pueblo que veía entusiasmado cómo las personas mayores domaban las varas.

«La primera que me salió bien estuvo muchos años puesta en el bar», explica mientras la muestra orgulloso, porque hasta lleva su firma y el nombre de Saldaña.

Luego llegaron otras, y algunas se iban vendiendo poco a poco hasta que «se fueron amontonando» y las empezó a colgar del techo del local de 140 metros cuadrados que hay al lado de su casa. Llenó el techo de listones con puntas y fue colgando las cachavas, que parecen longanizas, hasta que lo llenó todo.

Hay cachavas en el techo, en el suelo y en las paredes. Las hay de roble y hasta de caña de bambú, aunque Dalmacio prefiere las ramas de olmo «que son las que mejor se doman».

Las hay que parecen terminar con la cabeza de un venado, de un ciervo o la simple pata de un pollo, grandes y pequeñas, desde sesenta centímetros hasta cuatro metros, y algunas se parecen más al báculo de los obispos que a una cacha de pastor.

En otras se ha dejado llevar por la imaginación, y después de tanto cayado al estilo tradicional, Dalmacio ha ido improvisando maceteros, percheros y otros diseños según le sugiriera la forma de cada rama.

Dice que hacerlas tiene su ciencia y si algo requiere este oficio es de constancia y mucha paciencia, porque primero hay que seleccionar la rama adecuada y después esperar para cortarla en el momento perfecto que, según Dalmacio, es cuando la luna está en cuarto menguante.

«Y si es en enero mucho mejor, porque se doman mejor y no les entra la carcoma, ni se abren, ni se tuercen», asegura.

Una vez cortada la rama, hay que domar la vara con agua hirviendo o fuego para conseguir la parte curva arriba y enderezar el resto, con mucha paciencia, antes de pelarla.

Luego hay que esperar a que se sequen durante días, en los que «hay que ir corrigiéndolas y cuidándolas porque tienden a torcerse», sobre todo en invierno y con la humedad, que para eso son de madera.

Muy poca gente en Saldaña conocía la afición de Dalmacio que durante años prefirió mantenerla en secreto «porque cuando decía que tenía más de mil cachavas no se lo creían y se reían de mí», recoge la agencia Efe.

Conseguir el certificado que lleva fecha de 22 de agosto y ahora muestra orgulloso a todo el que quiera verlo no ha sido cosa fácil, porque además de tener el récord hay que demostrado y eso requiere mucho papeleo y mucho dinero.

Pero enseñar el documento del Récord Guinness que reza: «la colección de cachavas de madera es 1.872 y pertenece a Dalmacio Fernández en Saldaña (España)», y que su mujer ha enmarcado, no tiene precio.