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Quien nace artista muere artista. Y lo mejor, ojo, aunque ya se habrá dado cuenta si es padre de artista, el artisteo se hereda. Por eso estos días (bienaventurados quienes se libran del festival navideño de guarderías y colegios, más que nada para ahorrarse la ración de nervios y disputas innecesarias con los padres de otros artistas), uno rescata de la memoria los tiempos en los que se consagró (sí, me consagré) como la estrella indiscutible de las Monjitas, que así se denominaba coloquialmente a esa especie de preescolar en el que las transgresoras hermanitas ya hacían sus pinitos con la cocina fusión, poniendo de guarnición de la carne trozos de manzana en forma de patata frita y unas onzas de chocolate para acompañar el pedazo de pescado que se había hecho bola y no había forma humana de tragar. Pero eso es harina de otro costal. Hoy hablamos de artistas. Hablamos de esa función navideña en la que todos los niños son pastorcitos por un día. Y en la que todos vamos a Belén. Bueno, todos no, porque aquel día solo llegué yo.

En diciembre de 1976 los Reyes se adelantaron en mi casa. Mi padre estrenó una cámara de fotos el día de la función. Entiendo que de último modelo. La ocasión lo merecía. Iba a actuar el artista de la casa. Yo recuerdo poco o nada de aquel día. En realidad lo único que no he podido olvidar es que, acabada la función, tuve el honor (por algo bueno, fijo) de elegir en primer lugar uno de los regalos que se posaban bajo el árbol. No tenían envoltorio, y yo ya le había echado el ojo a uno. Yo quería un 'geyperman'. Pero nada. Las risueñas monjitas se empeñaron en que no, que ese era un trofeo menor, que me quedara con un puzzle de piezas de madera que, entiendo, sería el regalo de mayor valor. Y, sí, con el puzzle de piezas de madera me fui a casa. El 'geyperman' se lo quedó un rubito muy majo con el que compartí parvulario y años más tarde alguna noche de copas. Nunca tuve el valor de decirle que él me arrebató mi 'geyperman'. ¿O fueron las monjitas? Bueno, eso ya da igual.

Hecho el paréntesis, vamos a la función. Tres canciones. Tres villancicos. Tres grupos habíamos formado los poco más de quince niños que creo recordar íbamos a las Monjitas. Yo actuaba en tercer lugar. Sí, lo han adivinado. El plato fuerte siempre se hace esperar. Salió el primer grupo. Salió el segundo grupo. Silencio absoluto. Ni una palma. Nada. Como para haberlas. Muditos. Los niños se quedaron muditos. Las monjitas nos empujaron a los integrantes del tercer grupo y… Empecé a cantar. Yo solo. Como lo leen. El resto de niños, petrificados. Acabé el villancico. De un tirón. Vamos, eso creo. Y ya puestos, ya que aquello iba, las monjitas me hicieron cantar los otros dos villancicos. Mientras tanto mi padre disparaba sin parar con su nueva cámara. Una, dos, una docena de fotos… Yo era un artista. El artista.

Lo mejor, sin duda, fue cuando días después mi padre fue a revelar el carrete de la función navideña. Cuál fue su sorpresa cuando, oh, no, el buen hombre que le vendió la cámara no le había puesto carrete. Pero, tranquilidad, como yo fui el artista no resultó difícil que los padres de otros niños sí me hubieran hecho fotos. Claro que ahora que lo pienso, si yo fui el artista, ¿por qué salgo siempre descuadrado, en un extremo u otro de esas fotografías de color sepia? ¿Por qué los objetivos de las cámaras no se fijaron solo en mí? ¿Acaso había algún otro artista sobre el escenario que mereciera la atención del público más que yo?

La respuesta es sencilla: cuando solo tienes ojos para una personita se puede llegar a perder la perspectiva de la realidad. Y eso no es malo, salvo cuando la mirada se te nubla tanto que crees que tienes un artista en casa que luego, llegado el momento, se queda mudito y petrificado encima del escenario. Moraleja: somos padres de niños, no de artistas.