El topónimo de la localidad no deja lugar a inventar leyendas: Cuenca de Campos está en un hoyo en mitad de las llanuras más llanas y cerealistas de Castilla. Así que quien se lo puso no se quedó calvo. El motivo de colocar el pueblo ahí no está claro teniendo tanto campo libre alrededor. Puede que fuera porque en las vaguadas los vientos del páramo son menos vientos y quienes viven en ellas se ven menos expuestos al resfriado, pero lo cierto es que esa condición orográfica supuso para la población un quebradero de cabeza, dada la afición del agua a correr siempre que puede cuesta abajo y quedar estancada en los hoyos. Así, en Cuenca de Campos los tormentones y los chubascos pertinaces siempre fueron un problemón que, si venían mal dadas, podía acabar en tragedia.
Puestos a buscar remedios a esos desmanes del agua, los de Cuenca dieron, fundamentalmente, en dos. Por un lado, realizando un canal que domesticara los cauces y los hiciera pasar de largo. Fue en 1798, más o menos cuando el Canal de Castilla empezaba a ser algo más que un proyecto de locos y se soñaba con hacer del agua un elemento de progreso y que dejara de ser un enemigo imbatible. Por eso al conjunto de terraplenes, puentes y canalizaciones que se hizo entonces se le llama aquí el Canal de las Lluvias o, también, La Ría. La otra solución puesta en marcha mucho antes es la de los conjuros. Osea, encomendarse a Santa Bárbara para apaciguar las trombas y los truenos, rezando en comandita para que los tormentones pasen también de largo y les caigan a los de otro pueblo o se disuelvan en el camino. Y no sólo por las inundaciones: un tormentón a destiempo se lleva por delante las cosechas, con lo que eso supone de hambre y pobreza. El rito para conjurar aquí las tormentas data del siglo XVI. Este tenía su episodio central en lo más alto del pueblo, en el Conjuradero, en la ermita de Santa Bárbara. De aquella ermita queda la torre, que sigue siendo el mejor balcón para asomarse al casco urbano y a los cuatro vientos de la Tierra de Campos que, desde allí, marea de tan ancha como se ve.
No es lo único a lo que asomarse desde la torre: se ha acondicionado para observar desde ella a una colonia de cernícalos primilla que ha hecho su casa entre los huecos de las tejas del convento cercano de San Bernardino. Esta especie está en peligro de extinción y, por tanto, poder contemplar sus trajines, también. La suerte de estos cernícalos es la desgracia del convento en el que anidan cada primavera. Sus desconchones, que son refugio para las rapaces, vienen del abandono y desguace en el que fue cayendo el que fuera fundación, en el siglo XV, del Condestable de Castilla, de quien Cuenca era señorío.
Pero en Cuenca hay mucho que ver y hacer todavía. Su iglesia de los Santos Justo y Pastor luce los artesonados mudéjares de mediados del siglo XVI más hermosos de la provincia. También es de mérito el retablo barroco. Como lo es la extraordinaria colección de piezas que exhibe el Museo de Arte de Sacro habilitado en su interior. El otro templo en pie, Santa María, es un recinto privado dedicado a la cultura. La arquitectura popular tiene su mejor estampa en el rincón que llaman de La Soledad, en los soportales rústicos de la plaza Mayor.
Y, para los andarines, el remate saludable puede ser llegarse hasta Villalón de Campos siguiendo el trazado del viejo 'Tren Burra', que por aquí tendía uno de sus brazos hasta que llegó su desmantelación en la segunda mitad del siglo XX. El inicio del paseo, que tiene 5 kilómetros de ida, hay que buscarlo en el arranque de la carretera VA-905, que también va hacia Villalón. A la ida o la vuelta la pradera, bancos y fuente de la ermita de San Bernardino de Siena, que guarda en su interior una curiosa colección de exvotos y fotos de la que sobresale la imagen a caballo que un Guardia Civil se hizo en 1853, da pie, al menos, a un rápido refrigerio.